La historia es de quien la gana



La historia es de quien la gana:


O al menos de quien logre acumular el poder suficiente para hacer valer su punto de vista.

Porque la lógica es sólo el sistema coherente con el que se atan las conclusiones a sus axiomas, mientras que los axiomas son toda y cada vez recursos impuestos desde los dogmas.

¡No existe tal cosa como axiomas enteramente verdaderos!

Por lo que una historia, que no es algo más que la narración de una sucesión de actualizaciones temporales con un sentido lógico, siempre se deberá a los poderosos, a los impetuosos, a los fuertes… a aquellos quienes muestren el músculo suficiente como para imponer el provechoso cúmulo de sus axiomas, de sus intereses sustentados como “verdades”.

Y de esto existe ya el suficiente testimonio. Hemos sido los espectadores en primer grado del palangre y de la manipulación con la que los llamados intelectuales han estado manchando con tinta los libros que nos hacen leer desde la escuela primaria. Cuidadosos siempre de no mostrar sus intereses encubiertos, sinuosos, desleales y malintencionados con los que difunden las “verdades” más convenientes para sus propósitos, que son los propósitos de los grupos de poder que siempre llevan a sus espaldas. Esto siempre ha sido así, pues hasta el momento nadie, o al menos casi nadie ha sido capaz de contar una historia totalmente desinteresada, o en su defecto, que relate el interés de la mayoría. Pero de la verdadera mayoría, que no es sólo la mayoría de quienes respiran hoy, sino también de todos aquellos que respiraron ayer y de los que aún no lo hacen.

De manera que cada quien queda a la deriva de creer cuantas idioteces aparecen en cualquier lugar. Unos siguen a los rojos y otros obedecen más a los blancos. Aquellos van detrás de los de la izquierda y otros, no menos tontos, continúan el rastro que les dibujan los de la derecha. Los cristianos tiran la culpa sobre los hombros de los judíos, pero son los judíos los que hablan mal de los musulmanes. También los hay orientales, occidentales, europeos, rusos y americanos. Y si los sapiens no hubiésemos acabado con los neandertales, seguro que también éstos relatarían su particular historia en la que los cromañones serían los malos de la partida, sin hablar de lo crueles y despiadados que resultáramos los de nuestra especie. Y si los asnos y los bueyes hablaran, también culparían a los humanos por la explotación laboral que hemos puesto sobre sus costillas.

¡Y ojalá que no hablen!

Porque al final del día somos nuestros propios ídolos. Y así funciona el ego con el que nos tejemos la personalidad, que al fin y al cabo es el constructo de nuestra historia. Porque, así como nos creemos los cuentos con los que nos hablan sobre nuestras naciones y de nuestras religiones, así mismo nos creemos el que nosotros mismos relatamos sobre nuestra persona, que es la entidad por la que nos mantenemos pensando, deseando e interpretando todos y cada uno de los hechos con los que nos inflamos nuestra arrogancia, que es la arrogancia de ser alguien en esta máquina holográfica a la que le apodamos vida.

Entonces la propuesta debe partir por el abandono de la ingenuidad, que es el mismo coraje por sacarse los ojos prestados y desempañar los propios. Y dada la clara situación en la que cada uno quiere que tiremos de la cuerda hacia su lado, porque, aunque les cueste aceptarlo y aunque se crean muy valientes y muy impetuosos, siempre dependerán de la fuerza del gremio, que es la potencia con la que nuestra sociedad late y hace latir, entonces debemos darnos cuenta de que en este suelo, que es el suelo de la comprensión de nuestra realidad social, estamos dispuestos por nosotros mismos −o quizás deberíamos estarlo−, y en dado caso conviene comprender lo que sucede y lo que ha sucedido bajo nuestro propio criterio, sin la opinión de ningún otro más que la de nosotros mismos, pues de otra manera estaríamos prestando nuestro pensamiento y nuestra alacena de conocimientos a aquéllos que llevan consigo un propósito, que es el interés que se traen siempre entre manos.

Porque solos son siempre débiles, sin importar la cantidad de recursos con los que abulten sus agallas ni el tamaño de la soberbia con la que rellenen sus sistemas endocrinos. Y aunque se les hinche mucho el pecho mientras hablen, ningún ser es completo por sí mismo en este mundo, o al menos no al nivel del plano en el que estamos y en el que hacemos vida. Y mucho menos han sido completos por sí mismos aquellos quienes han liderados movimientos políticos o económicos, sociales o culturales, pues la estirpe misma de esos movimientos haya sus propias entrañas en la unión de la gente, que es la suma de los esfuerzos de quienes los siguen. Nunca se hacen con el mero esfuerzo individual, y de eso no nos sobra hoy ni una sola duda.

E iluso es aquél que de verdad piensa que puede cambiar el transcurso de la historia por sí mismo, sin la acción de las masas. Y entre ilusos pueden vivir tranquilos, dentro del perímetro de sus mentes egocéntricas estériles. Pero quienes han protagonizado los eventos con los que este mundo se ha transformado, desde que la humanidad marcó su génesis −hace quizá unos doscientos mil años− y hasta el presente, han entendido que se necesita de la actividad del colectivo para poner en contienda las acciones con las que ha evolucionado la cultura, y con ella, a todos los mecanismos sociales que dependen de la fuerza de la manada, que son quienes transforman la realidad en la que vivimos todos juntos como especie. Porque “sociedad” no se conjuga nunca en singular. Porque “sociedad” es siempre la suma de los varios que interactúan entre sí.

Pero los seres humanos son un animal complejo. Y a esta altura ya no basta el látigo ni el hambre para hacerlos actuar. O tal vez no tan efectivamente. Ellos deben creer, deben soñar, deben añorar, deben anhelar. Deben inflarse el alma de esperanzas, y sólo así es que vuelcan su voluntad sobre el cambio que hila a la historia. Y mientras la sed se calma con agua, y el dolor con un poco de morfina, la esperanza necesita de una visión futurista, de una promesa en el tiempo, de una vista sobre la línea del horizonte, allá donde las quejas parecen desvanecerse y las pestes aparentan disiparse de la meseta de la existencia. Es decir, de imaginar una vida mejor, con más dicha, en la que se sientan abrigados por la beatificación y por la armonía con la que los deseos se encuentran con sus insumos, y entonces aparece el término de la “felicidad”. Sólo con la esperanza de ser felices es que los seres humanos trabajan con el corazón, y ponen a disposición la labor que se necesita para cambiar el transcurso de la cronología por el que se transforma el mundo.

Esta condición resulta ser tan sutilmente vulnerable para nuestras vidas. Sobre todo, para quienes procuran vivir lejos de la agonía de la depresión y escaparse de la apología al deceso. Porque los hace presa fácil para aquellos quienes poseen capacidad de liderazgo pero que a la vez muestran intereses bastante particulares, que son esos mismos a los que el afán por glorificarse les carcome la mente y les envenena el corazón. Son ellos los que, hartos de agallas, entienden la psicología a la que se deben los seres humanos, que es el entramado de procesos y mecanismos psicológicos con los que les opera el sistema volitivo. En tanto se proponen a conquistar. Son conquistadores despiadados que poca simpatía muestran para con el timón que rige el destino de la historia, pues sus codicias y sus apetencias son mayores que la prudencia supuesta por la virtud que reivindica el sentido de la libertad.

Son ellos los que suman a la vanguardia todos los recursos de los que disponen para modificar los paradigmas a los que se encuentran anexas poblaciones enteras, que son los paradigmas sobre aquel horizonte, ese que nos alimenta la esperanza de ser felices algún día. Y válidos de sus estratagemas malditas, apuntan al uso de todo su arsenal con la clara pretensión de implantar sus intenciones dentro del subconsciente de las masas de las que dependen, y así infiltrar el fuste de sus propósitos egoístas disfrazados del “bien común” y de las ideas de progreso con las que suelen colar el vasto tropel de sus intereses propios. Ellos mismos son los que escriben la historia, su decorada y maquillada historia con la que escurren muy cuidadosamente el conjunto de valores, sentimientos y sistemas de pensamientos con las que las masas se provocan la voluntad, para así entonces hacerlas servir a intereses que éstas ni conocen ni comprenden, pero por los que orquestan todo el conjunto de sus acciones y de sus actividades colectivas mientras piensan ingenuamente que lo hacen por sí mismas y siguiendo el camino propio de sus empeños.

Quien manipula la historia puede torcer el prototipo del ideal al que se debe la multitud. Es como crear un sistema de valores con el que las mentes en conjunto siguen un trazo único sin darse cuenta de lo pantanoso que subyace detrás de la estructura de conductas que se les sugestiona desde esa historia manipulada y corrompida. Porque el individuo por sí mismo tiene la capacidad de ser racional, analítico, detective, minucioso e incrédulo. Pero las masas suelen ser torpes, cretinas, desbocadas en estampidas, irracionales e instintivas. Y es por eso que la manipulación resulta mucho más provechosa y efectiva si se hace sobre las masas que si se hiciera sobre el individuo, porque quien intenta manipular al individuo encuentra frecuentemente resistencia, mientras que, si usase el lenguaje correcto y apropiado, en las masas levanta aprobación muy fácilmente.

Y esa es la razón por la que los poderosos se fatigan tanto por alcanzar el control sobre los medios comunicacionales. Por dominar los diarios, las televisoras y las emisoras de ondas de radio comerciales. La beligerancia por hacerse escuchar en las tarimas, en los parlamentos, en las centrales de noticias. Porque desde esos puntos pueden infundir sus intereses como valores nacionales, regionales, raciales, religiosos o clasistas. De cualquier manera, siempre es la misma táctica, que es la táctica de crear, primero y antes que nada, una identidad capaz de adherir a las masas dentro de sí, haciendo uso de símbolos, emblemas, marcas, insignias y atributos con las cuales se despierta un sentimiento de pertenencia. Como si las masas fueran una continuación de esas identificaciones. Como si el ser dependiera del objeto. Como si el verbo se debiera al sustantivo.

La maquinaria despótica de esta etapa contemporánea de la historia entiende perfectamente esto. Es hipócrita, baja, farsante, impostora. Trabaja siempre de encubierto, como lo hace un lobo dentro de un corral de ovejas. Porque el despotismo clásico al menos era sincero, y hablaba con la fuerza que le suministraba la misma sangre con la que manchaba sus armas. Y era claro el mensaje chantajista con el que se les obligaba a las masas a marchar por los caminos que deliberaban los poderosos de aquellas épocas, que básicamente era el chantaje de preferir la obediencia antes que la muerte. Y era éste el modus operandi con el que todos los imperios despóticos de la antigüedad actuaban sobre sus lacayos y obedientes.

Pero desde que los romanos iusnaturalistas sembraran los cimientos de lo que hoy conocemos como “derechos humanos”, y entonces el concepto de justicia moderno −heredero también de la vieja cultura latina− creara el sistema moral y jurídico por el que la humanidad de hoy ya no tolera genocidios burdamente declarados, los déspotas de hoy debieron aprender a actuar bajo otros supuestos de comportamiento. En nuestra época, que es la época de la oda a la justicia y al respeto por una vida humana digna, ya no se puede chantajear con la muerte a quienes no siguen órdenes ni deliberaciones egoístas. Ahora existen parlamentos, jueces, sistemas legales, y muy especialmente un ímpetu moral que no les permite tomar el control colectivo por las armas con propósitos individuales. O al menos no de una manera tan abierta ni tan honesta como solían hacer los asirios y los acadios.

Es por eso que la estrategia de hoy es la de infiltrar valores dentro del espectro de las creencias sociales. Es el juego suma cero en el que se muestra una cara blanda y caritativa con la que se oculta la pasión por el control y la dominación que denota a cada dictadura del siglo XX y XXI, y que se mantiene presente en cada rincón del mundo en el que exista una élite que pretenda controlar el destino de una nación por el método de la demagogia. Es por ello que redunda hoy el imperativo por sacar a relucir los hechos sobre los cuales están erguidas tales maniobras. Y se debe hacer hincapié en la acción de desnudar el verdadero trazo de la historia, de liberarla de palangrismos, de manipulaciones, de la basura demagoga, para entonces hacer aparecer las verdaderas explicaciones de lo que ha sucedido hasta hoy.

De lo que se trata, por ende, es de dar a conocer el conjunto de hechos y sucesos a los que se debe la realidad más tardía, y hacer posible la comprensión de cuáles han sido y continúan siendo nuestros verdaderos problemas, que para sorpresa de muchos han permanecido escondidos durante el suficiente tiempo. Sólo así seremos libres del vicio disimulado y ominoso con el que algunos, en su empresa de beneficiarse de los vaivenes de la situación, han estado ocultando los hechos sin escrúpulos. Y son ellos mismos a quienes les procuramos un trago amargo con nuestro encomio a la verdad, mas es ésta nuestra deuda capital.

¡Nos debemos a la verdad!

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