La inteligencia: una mirada introspectiva


Comúnmente se define a la inteligencia como la capacidad de superación de problemas. 

Pero la superación de problemas puede venir por dos vías, y la primera tiene que ver con la actividad de la mente. 

La mente enfoca su concentración sobre un problema, para luego proceder a medirlo, mensurarlo, detallarlo y figurarlo. Entonces comienza su proceso de análisis, que básicamente es comparar las dimensiones del problema con la información que ya tiene almacenada en la memoria, con lo que procede a ajustar las respuestas que anteriormente ha dado a situaciones similares, y a las que llama “experiencias”, al nuevo problema que se le presenta, generando así una nueva respuesta. 

Visto desde más cerca, la resolución mental del problema se basa en la actividad psíquica de la memoria. Y esto lo podemos poner a prueba todos acá mismo si eso quisiéramos, cada uno con cada uno y en este preciso instante, que es la concentración sobre el problema presente y su comparación con los problemas que hemos resuelto en el pasado y que nos sirven de experiencia, y entonces, a partir de allí, crear una nueva respuesta que nos satisfaga la explicación de la situación problemática en la que estamos enfocados. Así nuestra mente dice que el problema ha quedado resuelto, justo porque ya ha ofrecido una respuesta para superarlo. 

Esta manera de resolución es muy parecida a la que actualmente se usa en el campo de la programación informática, porque en el fondo se trata de un algoritmo. Es básicamente crear axiomas de respuestas, concatenadas las unas a las otras de tal manera que ante un evento entonces se ejecute un algoritmo. Y un algoritmo que “aprende” sobre problemas nuevos, que al fin y al cabo significa crear aún más historia y por lo tanto más memoria, es según la informática de hoy en día un “algoritmo inteligente”, de donde se origina el concepto de “inteligencia artificial”. 

Pero este enfoque nunca se trata de la resolución de un problema enteramente nuevo. La inteligencia artificial siempre se basa sobre el desarrollo de un algoritmo que se construye sobre experiencias ya establecidas y preprogramadas, y que por lo tanto es un modo de respuesta ante una situación que jamás es nueva, sino que ya ha sido determinada con anterioridad, desde su historia. 

Cabe entonces preguntarnos si un algoritmo es verdaderamente inteligente, en el sentido de que pueda entender una situación por sí mismo sin necesidad de ningún código prestablecido con el que opere al momento de su comprensión. Puesto que una respuesta memorizada no deberíamos definirla como inteligencia, que es la acción de inter-leer las relaciones de las que depende una situación en concreto, sino más bien como la reproducción de una situación ya pasada y almacenada. 

Es decir, lo que intentamos verificar es si la inteligencia es un producto de la memoria o si es un producto de la consciencia. Puesto que la inteligencia de la memoria siempre es subordinación, nunca es libertad. Y no es libertad dado que depende de una programación prestablecida, y por lo tanto es siempre dependiente del pasado, de lo que se le dicte con anterioridad. 

Y reproducir no es entender.

La acción de inter-leer, que es la inteligencia, tendría que ver más con una situación de libertad absoluta. Tan libre que no dependa de condiciones pretéritas, o lo que es lo mismo, que no dependa de ninguna memoria. Sino que sea una capacidad de entendimiento desprovista de ataduras externas o históricas, que es la capacidad de comprensión en sí misma, sin ninguna otra relación y sin ningún otro modo de subordinación con el pasado más que con la actividad de comprensión en sí, y que por lo tanto es enteramente nueva, libre, toda y cada vez. 

¿Puede un algoritmo trabajar sin memoria, y por lo tanto entender siendo libre? 

Porque es justo lo que nos diferencia como seres de lo que es una máquina ¿y no es así? 

Porque una máquina siempre es programable desde la memoria, desde el pasado. Pero es precisamente la memoria la que restringe la acción sobre un escenario completamente nuevo. Y es justamente en el caso absolutamente nuevo en donde se necesita una actividad de comprensión pura, que es donde la verdadera inteligencia entra en cuestión. La inteligencia debe suponer siempre la mera capacidad de comprensión y entendimiento en eventos nuevos, sin la restricción que se ofrece desde la historia, que en todo caso es el acondicionamiento del pasado ante un escenario que se nos presenta en la actualidad. 

De manera que la búsqueda de la respuesta parece estar más ligada al proceso de la concentración y de la memoria. Mientras que la inteligencia, denotada como actividad pura de entendimiento, es más similar a la acción de la atención y de la consciencia, y por lo tanto de hace mejor juego con la disolución. 

Porque la atención es a la consciencia lo que la concentración es a la mente. 

Porque la atención es una actividad del “ser” mientras que la concentración es una actividad de la máquina. 

Y la atención consciente tiene una manera distinta de trabajar sobre el problema. También lleva un fin distinto, que es el fin de la disolución del problema y no el de su mera resolución. 

La atención disuelve, no resuelve. En tanto, la atención comprende, no responde. 

La atención, que es el antónimo de la concentración, busca entender el problema con la boca cerrada. Es decir, sin el uso del pensamiento ni del discernimiento. 

La consciencia atiende al problema en silencio, en la oscuridad de la acción, que es el hecho de simplemente observar; y de esa simple actividad de observación es que surge la verdadera comprensión de la situación, que es el inter-leer las relaciones que tejen el evento puesto en manifiesto. Y en esa interlectura, que es a lo que nos referimos por inteligencia, y de donde realmente se entiende lo que acontece, entonces el problema ya deja de ser problema, justo porque ya está entendido, comprendido, asimilado, y por lo tanto disuelto. 

Se disuelve por sí mismo. 

Porque mientras que la mente se aproxima como algo aparte, o algo distinto del problema, originando inevitablemente un “yo” que lo observa desde afuera al buscarle una respuesta, la consciencia, a través de la atención, se inmiscuye integrándose a la situación, formando parte del problema mismo, y desde allí solo observa en silencio lo que acontece, como si fuese una misma cosa. Solo así se entiende verdaderamente el evento, y por lo tanto se comprende sus relaciones, sus vínculos y las conexiones que están manifestándose en el presente, en el cuerpo y el espíritu del problema en manifiesto. Es de esa mera acción de observar con atención y en silencio de donde se genera la inteligencia. 

Así, una respuesta nunca es concluyente. Siempre deja el problema intacto, solo que le añade un nuevo segmento, que es el segmento de la respuesta. Y como nunca lo concluye, entonces le permite vivir, y el problema que vive entonces muta, como una bacteria, como un virus, integrando la respuesta que inicialmente se le dio y expendiendo lo caótico de su naturaleza problemática, por lo que la mente se ve obligada a buscar una nueva respuesta para un problema ahora más grande. 

Pero la disolución es distinta, porque la atención es asesina. Y es asesina en el sentido de que disuelve el problema, no le permite vivir, frustra su desarrollo. Lo lleva hasta su propia génesis y, a través de su comprensión total, entonces lo elimina, lo suprime, lo asesina, y eso lo hace con mucha inteligencia.

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