La pregunta por la vida después de la muerte no es nueva. De hecho, se trata de una de las interrogantes que por más tiempo ha atormentado el análisis humano en su historia, y que aún hoy en día, y a ciencia cierta, permanece irresuelta para la vasta población de quienes habitamos el planeta. Al respecto, el mundo cristiano ha negado la existencia de una segunda oportunidad allende a la muerte. Para los seguidores de esta tradición, lo que merece una opinión pertinente refiere al concepto de resurrección, que trata básicamente del goce de una vida eterna luego de que el dictamen del juicio final resulte favorable al alma que sea objeto de juicio, una vez procesada la muerte terrenal. Por lo que el mundo cristiano, al igual que su precedente inmediato hebreo, el judaísmo, creen en una única vida, que es una sola oportunidad para cumplir con el propósito humano, que es la misión de lograr una moralidad enteramente cristalina y un alma libre de pecados, haciendo un especial énfasis en los relacionados con el mostro de siete cabezas o siete pecados capitales que describen al mismísimo demonio, en tanto obtener como recompensa la vida eterna prometida.
La concepción hebraica confía en la oferta de una vida, y no más que una, en la que todas las pruebas necesarias para la purificación almática están dadas y divinamente planificadas para cada ser humano que ande por el sendero de la existencia terrenal. Al morir, solo queda por esperar el día del juicio final, que tal y como se dijo antes, es el punto neurálgico en el que se determina lo que sucederá con las almas luego de la muerte. De ese juicio solo pueden emanar tres clases de condenas, que siguiendo en orden optimista éstas son: 1. El alma logró purificarse enteramente durante la vida terrenal, por lo que merece la ascensión a los cielos en ipso facto, para así subir al lado del Dios padre y gozar de una vida eterna llena de paz, amor y en armonía con el supremo. 2. El alma arrastra ciertos pecados que agregan peso en el proceso de ascensión. En tal caso, el alma está condenada a pasar por los distintos círculos del infierno que correspondan, tal y como nos advirtió Dante, para que haciendo uso del purgatorio termine de purificarse, y solo así entonces subir posteriormente a la cima de los cielos; y 3. El alma pecó de manera mortal, por lo que se le desconoce, en pleno y llano, el derecho a una vida celeste posterior al fallecimiento. En este caso, el alma es condenada a su destrucción definitiva sin oportunidad de volver a experimentar ningún tipo de situación alguna, que en términos mitológicos significa: arrojar el alma a las profundidades del tártaro o abismo infinitamente profundo, para su consecuente olvido y su desintegración total.
Un punto bastante clave en la teoría de la resurrección tiene que ver con el hecho de que el cuerpo permanece sujeto al alma incluso después de la muerte. Y así cuenta el Nuevo Testamento que luego del tercer día, Jesús resucitó llevando consigo a su cuerpo material en el proceso de su ascensión. Parte de lo que no cuentan las historias celosamente seleccionadas por el Emperador Constantino, durante el siglo III en Nicea, fue justo que los tres días y tres noches durante los cuales se dice que Jesús el ungido permaneció muerto, tuvo que ver más con la Señal de Jonás que con su muerte terrenal, pues algunos siglos más adelante el investigador ruso Nicolás Notovitch habría descubierto que Jesús moriría de avanzada edad en un monasterio del Tíbet bajo el apodo espiritual de “Maestro Issa”, lejos de la actual Palestina como reclama la vieja Iglesia Católica, según relatan algunas fuentes. De cualquier manera, es preciso aclarar que, para la religión abrahámica en general, el alma permanece adherida al cuerpo, incluso después de la muerte física del hombre, por lo que la visión de la vida eterna siempre es para el ser individual o ego personal de cada alma-cuerpo que encuentre la salvación a través del camino judeo-cristiano.
Los hinduistas, por su parte, tienden a mirar el problema más desde la idea de la trasmigración. La trasmigración, o metempsicosis, es quizá una tradición que guarda aún más edad que la de la resurrección. Se dice por ejemplo que Pitágoras practicaba ciertos rituales metempsicóticos unos seis siglos antes de que Jesús de Nazaret pisara la tierra -esto si terminamos por aceptar los cálculos del calendario gregoriano-, lo mismo que Platón. La trasmigración es la creencia de que el alma, como organismo distinto al cuerpo físico, tiene cierta continuidad después del fallecimiento, y que en busca de nuevas experiencias con las cuales continuar su carrera espiritual, se adhiere a un nuevo cuerpo con el cual ajustarse a los nuevos sentidos materiales que hacen posible la interacción con el mundo de la manifestación. Por lo que un alma vieja puede contar con muchas vidas pasadas, cada una relacionada con un nivel vibracional, o con un grado de ascensión particular en cuanto al nivel de consciencia que se tenga en un tiempo determinado, pero toda vez en un cuerpo físico distinto al pretérito, que es lo mismo decir que existe, para el mundo hindú, una clara separación entre cuerpo y alma. Es decir, a medida que el alma vaya acumulando despertares espirituales, todos encaminados a la iluminación final del Ser, le corresponderán cuerpos ajustados a los tipos de experiencias que dicha alma amerite para continuar con su proceso de maduración.
La ley general que indica cuales son las experiencias más propias para dicha evolución espiritual es denominada por los hinduistas como la ley del Karma, la cual equilibra por un lado a todos los pensamientos, palabras y acciones, deseos y voluntades que un alma manifieste, con las experiencias más propicias, por el otro lado, para el aprendizaje espiritual más acertado del alma en cuestión. De manera que no existe para el karma un código moral, como si se ve más claro en el terreno hebraico del judeo-cristianismo, cuya ley de causalidad siempre está atada a la voluntad de un Dios padre onmipresente y omniconsciente que vela sólo a través de acciones buenas, pues las malas corresponden a su antípoda terrenal: el diablo. En el hinduismo, el karma es a-moral, en el sentido de que no existe ni karma bueno ni karma malo, sino solo el correspondiente como consecuencia de los pensamientos, palabras y acciones con las que un individuo se manifieste en el ámbito de su vida. La lógica detrás del sistema hinduista está en ir progresando, vida tras vida, y a través de todas las pruebas que el cosmos coloque sobre nuestras manos, en el sendero de la libertad, que refiere como elemento último a la libertad de la actividad de la mente, que es lo mismo, libre del mecanismo de la psique, que trae consigo a todo el cúmulo de pensamientos, deseos, emociones y sentimientos, y que a su vez devienen en los axiomas de las acciones que luego dibujamos con nuestro comportamiento.
De tal modo que existe en la concepción hindú la idea de un alma claramente definida, que permanece intacta después del deceso, y que, a lo largo de su recorrido, irá adoptando nuevos cuerpos hasta lograr su consumación final, que sería el desapego íntegro del mundo fenomenológico y de las experiencias terrenales y que, en cualquier caso, han sido siempre, son y continuarán siendo experiencias de la mente, del ego, o del “yo” como sujeto externo y separado de la totalidad cósmica, y por lo tanto ilusorio. La existencia de por sí significa sufrimiento y dolor que causa la desintegración personal de la totalidad unificada en el momento en que la mente -o el alma- se aboca por almacenar un conocimiento incompleto sobre el mundo. De esta constante incomplitud emana una insatisfacción continua que hace sentir la sensación de vacío que caracteriza el sufrimiento, como consecuencia de la separación del “yo” egoizado de la singularidad cósmica, y en tanto es labor de cada alma ir, poco a poco y constantemente, aprendiendo las lecciones a través de la vida (o vidas) con las cuales recordar su naturaleza divina e integrarse nuevamente con el resto de la existencia, descartando la presencia del ego ilusorio que la separa de la totalidad. Cada vida, por lo tanto, significa una nueva oportunidad con la que el alma se vale en su intento de aprendizaje, y toda vez que no logre la consumación final de su recorrido, ameritará de nuevas vidas con las qué realizar nuevos intentos. Este circuito de muertes y reencarnaciones es lo que según el hinduismo se conoce como la rueda del Samsara, y tendrá fin sólo a partir de la comprensión y asimilación final de la naturaleza divina del alma, que define al mismo tiempo la aniquilación definitiva del ego personal.
La acepción budista se adscribe más al concepto del “renacimiento”, y difiere en cuanto a las otras dos en que, en relación con el cristianismo, clama por una existencia terrenal después de la muerte, pero a diferencia del hinduismo, no comprende al alma individual como una entidad que sobreviva intacta al fallecimiento del cuerpo material, cuyo significado último es -para el hinduismo- la supervivencia de cierto grado del ego personal en el tiempo y después del fallecimiento físico. Realmente, el budismo se contraría con aquellas dos en cuanto a que no comprende la existencia de algo a lo que pudiera denominarse “alma separada” -que en su acepción más definitivo refiere a la existencia de un ego personal-, sino que, y en cuentas últimas, la existencia física se debe a la proyección de una mente general que se manifiesta a partir de un grado de consciencia, determinada por el nivel de libertad que el Ser demuestra respecto a la mente (ego ilusorio), según lo despejada que se encuentre con relación a los agregados psicológicos generados desde la sensación del “yo” o ego con la que dicha mente está equipada. La cosmogonía budista es, por lo tanto y enteramente, mental y psíquica, mientras que el budismo mismo reclama ser una religión a-teísta.
Vale la pena quizás aclarar que la palabra “alma” tiene una etimología griega cuyo significado es justamente “psique”, o “mente”, en cuanto que, o al menos etimológicamente, mente, psique y alma fungen como sinónimos entre sí, concernientes al mismo concepto. Sin embargo, el acento que hace el budismo sobre la diferenciación de ambos términos, i.e., mente y alma, tiene que ver con restar cierto misticismo de la palabra alma (refiriéndonos al alma particular), pues como se ha advertido, el budismo se reconoce como una religión abiertamente a-tea, que desconoce cualquier tipo de ego personal, a manera tanto de cuerpo-alma (como predica la tradición abrahámica), como de puramente del alma individual (como asevera la tradición de los Upanishads). El budismo mira a la existencia desde su punto de vista más objetivo y general, queriendo decir por “objetivo” a la captación de la realidad desde el punto de vista de la consciencia pura -liberada del pensamiento y de la memoria egoísta-, y no desde la perspectiva del “yo”, como entidad aparte y diferenciada del mundo conocido. Por lo que el concepto de paraíso, para la tradición budista, no es un espacio perfecto distinto a este plano, sino que se trata del mismo mundo en el que vivimos, pero visto de una manera totalmente objetiva, sin las perturbaciones que añaden los agregados psicológicos de la mente y del ego personal.
La idea de un universo dual, entre el conocedor y lo conocido, que en términos más cercanos sería entre el experimentador y lo experimentado, es una idea mal infundida y erróneamente concebida debido a la incapacidad de la mente por enterarse de la existencia singular y unificada de una manera directa. El método de aproximación que usa la mente sobre la realidad está mediado por la memoria, por lo que la mente jamás capta la realidad en su estado verdadero y elemental, sino que lo hace a través de los recuerdos almacenados en calidad de memoria para luego mirarlos desde su perspectiva yoificada, en la que el sujeto se divorcia del objeto con el fin de conocer al mundo a través de la experiencia; experiencia que toda vez refiere a las emociones que la mente añade a sí misma a partir de tales recuerdos (nunca sobre el eterno presente mismo). Este movimiento separatista entre el mundo y el pensamiento que lo conoce, que en sí se replica en la parábola de la huida del Jardín de Edén por los humanos desafiantes que osaron a consumir del árbol del conocimiento, crea la ilusión de una realidad observada distinta al observador que la observa, y en tanto produce la sensación de una perspectiva aislada y ausente de los acontecimientos cósmicos como entidad distinta a la singularidad expresada en el todo, que es aquello mismo a lo que la tradición occidental le ha atribuido el nombre de Dios, distinto del sujeto u observador que en dado caso sería el ego individual.
El alma, para el sistema budista, no pasa de ser una mera ilusión creada por la imperfección de la mente, cuya manera de entender la realidad está siempre en base del dualismo existente entre el conocedor y lo conocido, entre la nada y el todo, entre la vida y el nacimiento o entre la existencia y la no existencia, genera una visión representativa egoísta de la que emana una identidad personal diferenciada del resto. La mente, en tanto que también crea las categorías fundamentales del tiempo y del espacio, también origina la percepción del concepto de materia. El proceso de cognición mental, al almacenar recuerdos en la memoria, crea la percepción de espacio que refiere a la impresión que deja la realidad experimentada a manera de formas dentro del pensamiento. Este sistema de formas espaciales, sucediéndose las unas a las otras, originan la sensación de tiempo pasado y futuro, dada la progresión de momentos a partir del primer recuerdo almacenado en la memoria hacia los subsiguientes, concatenados todos bajo el principio de causalidad, de donde se origina el sentido de la lógica y de la matemática. Y entre la conjunción de espacio y tiempo, expresando el movimiento -que es la actualización cronológica de los momentos que viste a la experimentación mental-, emana la ilusión de la materia, significando el contenido impreso en el espacio, a través de la forma, y de lo cambiante, con relación al tiempo.
Para darse cuenta de toda esta ilusión, que significa la separación de una entidad cognoscente distinta del todo, el Ser debe deshacerse de ciertas ataduras causadas por el proceso de identificación egoísta sobre la proyección de la mente, que es la existencia material y cuyo principal síntoma es el sufrimiento. Sólo a través del autoconocimiento o del conocimiento de Uno mismo, en una labor por reconocer sólo a aquellos elementos que realmente lo definen (al Ser), y desechando todos aquellos otros que vienen por añadidura, se puede arribar al estado budista del “Nirvana”, que es la libertad plena del Ser con respecto a la actividad de la mente, y consecuentemente, el máximo nivel de iluminación posible en un humano: el completo despertar. Y toda vez que el Ser no logre completar el proceso de interiorización y de integración de esta máxima, que es la máxima por desapegarse de toda identificación distinta a la mera y pura consciencia, se ve condenado a manifestarse nuevamente desde la mente general, que es el ego impersonal del que emerge toda la ilusión de la vida material y del pensamiento yoificado, tal cual es el nivel en el que nos encontramos actualmente. Lo importante es comprender que, para el budismo y la tradición del renacimiento, el ego siempre es general y nunca personal, y en tanto, lo que reencarna, o en dado caso, lo que renace, no es el cuerpo ni el alma personal, sino la mente yoificada y dual desde donde se crea la separación entre experiencia y experimentador, indistinta pero a la vez generativa de las experiencias particulares de cada individuo. Con esto se quiere decir que no renace el individuo (particular de cada persona), sino el método de identificación mental que origina la percepción ilusoria del “yo” frente al paso de los acontecimientos exotéricos.
De las tres corrientes, es solamente la del budismo la que descarta cualquier tipo de continuidad del ego personal, que termina significando la continuidad de la memoria particular y de las identificaciones con las que el individuo se ha preparado durante el transcurso de su vida. Y mientras que, en la cultura abrahámica, tanto el cuerpo como el alma pueden continuar, a través de la resucitación, y en el hinduismo es solo el alma quién puede reincorporarse a la rueda del Samsara, justo luego de deshacerse del cuerpo físico, para ambas existe, en tal sentido, la noción de varias consciencias, diferenciadas entre todas ellas, cada una perteneciente a un alma individual en el proceso de su transformación personal. El budismo pareciera ver la situación más desde un punto de vista agregado, en el que existe una sola consciencia, por un lado, y un solo ego por el otro, y del reflejo de ambos, entonces se origina la percepción entre varias entidades vivientes, cada una identificada con el recorrido de sus historias individuales. La realidad para el sistema budista es que existe un sólo Ser Humano, en singular e impersonal, que renace en el mundo material como requisito de purificación psíquica, expandiendo cada una de sus cualidades sobre varios cuerpos, todos pertenecientes a la misma alma o ego general, y cuya existencia solo es perceptible a través de una misma y una sola consciencia que los experimenta a todos. La continuidad de las almas y personalidades independientes queda, por este mismo modo, descartada.

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