El propósito en la vida


Lo bueno es bueno porque nos acerca a algo que valoramos. Y lo valioso es justamente valioso porque representa a algo que deseamos.

Es decir, la moral, desde su principio hasta su fin, siempre está atada a un propósito, entendiendo por “propósito” a un deseo de largo plazo, o lo que es lo mismo, a un deseo último dentro de nuestra gama de apetitos menos importantes.

Se dice entonces que la moral es, en toda oportunidad y en todo caso, un componente teleológico.

Teleológico en el sentido de que lleva implícito siempre una finalidad que, además, es una finalidad movible en cuanto a que depende de un propósito. Y si se mueve el propósito, entonces también se moverán los principios morales.

Sin propósito no hay moral. Y las cosas siempre son buenas o malas en relación a algo que nos proponemos con anterioridad.

De donde continua que no existe tal cosa como la “moralidad objetiva”, como solía pensarse durante el periodo de los grandes ilustrados, por allá por el siglo XVIII.

No existen las “leyes morales”, o más bien, algo como el bien o el mal absolutos.

Lo que se ve es que en la medida en la que cambiemos nuestro propósito, de la misma manera cambiará nuestra moral, que al fin y al cabo es a lo que nos referimos por lo bueno y por lo malo.

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Con lo bello y lo feo sucede algo frontalmente similar. Casi como un espejo.

Las cosas son bellas siempre y cuando se asemejen a la idea que tenemos de lo que queremos, que al fin de cuentas es lo que deseamos, y, por lo tanto, nuestro propósito.

En sentido contrario, las cosas nos parecen feas cuando nos alejan de dicho anhelo, del tal propósito que hemos colocado como razón de nuestra acción y de nuestra actividad.

Por lo que, aproximándonos a lo que se ha afirmado arriba, la idea de una belleza objetiva, o de una fealdad desvinculada del sujeto, es algo tosco e inexistente, por no decir absurda y hasta ridícula.

Toda vez que miramos algo que nos parece bello, es justo porque antes le hemos puesto una finalidad a nuestra vida, que es aquello a lo que damos nuestra merced, aquello que nos domina la voluntad.
Sólo así es que eso es bello.
 
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Esta troika analítica se completa con la razón, que es aquello que nos ayuda a diferenciar lo verdadero de lo falso.

No nos dejemos engañar, la razón tampoco es absoluta. Y en efecto, también es dependiente.

Por dependiente se entiende pasiva, segundona, reaccionaria. La razón depende en todo sentido de nuestro propósito.

Sin propósito no hay razón, o lo que es igual, no existe un criterio que discierna entre la verdad y la mentira, entre lo que resulta cierto y lo que más bien raya en lo descontinuo, en lo opaco, o expresado de otra manera, en aquello que no nos satisface el dogma.

La verdad, en cuanto a silogismo refiere, siempre responde a una voluntad que, en fase última, es nuestra voluntad de control sobre el cosmos.

La sed de control, que es la misma hambre por influir, por contaminar los hechos con nuestros deseos. Esa urgencia por el control de las cosas nos lleva a armar, peldaño a peldaño, y pata por pata, el altar que le hemos dedicado al concepto de la verdad.

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Pero la verdad es que no existe verdad alguna. Así como tampoco existe ni moral ni estética.

O, dicho de otra forma, ¡claro que existen!, pero existen en el mismo lugar donde también existe el tiempo y el espacio, o lo que es lo mismo decir, dentro de nuestro pensamiento.

Fuera de nuestro pensamiento sólo hay cabida para la observación. Directa, sana, cristalina. Sin intromisiones ni influencias. Sin distorsiones ni añadiduras.

Fuera de nuestro pensamiento sólo está la completud de la consciencia, que es sinónimo de la existencia toda, sin fronteras, sin partes, sin piezas y, por lo tanto, sin tiempo y sin espacio, sin moral ni estética. Sin razón tampoco.

Es nuestro pensamiento lo que confunde todo. Lo que divide todo. Lo que restringe todo. Lo mancha todo.

Porque el pensamiento es el engendro de la memoria imaginada. Y luego, de la imaginación memorizada.

No se puede jamás concebir un pensamiento que no haya nacido desde un recuerdo. Y, desde luego, ese mismo pensamiento se memoriza, de tal manera que se convierte en nuevo insumo con el que se nutre la imaginación, mientras que la imaginación es la única dieta del pensamiento.

Es como intentar pensar en un rostro nuevo sin hacer uso de los que ya conocemos. Como intentar imaginar en un paisaje sin recordar los lugares a los que ya hemos visitado.

Es un circuito sexual, en el sentido de que es congénito, creador, productivo. Pero nunca desde cero, pues siempre parte de lo que ya conocemos. Nunca puede, el pensamiento, crear algo enteramente nuevo.

Porque todo pensamiento le debe sus genes a la memoria, de la misma manera en que la memoria debe sus entrañas a la identificación personal...

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Del propósito se desprende el significado.

Y esta es la explicación del porqué las cosas contraen siempre más de un significado. O lo que es lo mismo: las cosas terminan siendo varias cosas.

Las cosas son muchas cosas. Pues las cosas tienen varios significados. Todo depende de los ojos con los que se les mire. Y por “ojos” se hace referencia al propósito que subyace detrás de toda acción mental, siempre al otro lado de la actividad psíquica.

Así, el Sol es fuente de energía, pero también es centro de gravedad. El agua es elemento de purificación, pero también es factor hidratante. El árbol es productor de oxígeno, pero también es sostén de los suelos… etc.

Si somos lo suficientemente perspicaces, entonces nos enteramos que todas esas funciones, que son los significados de las cosas, se deben, en todo caso, al propósito desde el cual miramos sobre dichas cosas. 
Con nuestra mente, con nuestro anhelo.

Ese propósito siempre es un deseo. Deseo de cambiar algo.

Es la mente con propósito la que pretende arropar, abrazar, controlar, vigilar, revisar y, por lo tanto, agrupar, abarcar, razonar, supervisar, analizar. Fuera de la mente deseante no existe ninguna de esas voluntades, ninguna de esas ambiciones.

Esas ambiciones, que son nuestras actividades mentales cuando nuestra mente se crea un propósito, son a las que le colocamos nuestro nombre, y entonces decimos “yo”…

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“Yo” se identifica con partes de la consciencia. Y cuando se identifica, crea memoria de ellas.

“Yo” dice: ‘de toda esta actividad mental, "yo" soy esta parte que es buena, bella y verdadera, todo lo que resta es el “otro”. De todos estos movimientos psíquicos, “yo” sólo siento placer con estas pocas, mientas que aquellas otras me producen repugnancia, desacuerdo y sufrimiento. “Yo” soy la partecita que se siente bien, la del sufrimiento es siempre el “otro”. Porque sufrimiento es otra palabra para la molestia, y en tanto “yo” no quiero molestarme más. "Yo" quiero abatir todas aquellas actividades mentales que me molestan, que me perturban, y noto que esas actividades las causan ciertas cosas. Esas cosas son el frío de la noche, el hambre por el día. Me molesta la piedra en el zapato, también el hueco en la campera, el sucio en la heladera. Pero sobre todo me perturba esa parte de lo que “yo” soy y que ya no quiero ser.

“Yo” no se acepta. “Yo” es inconforme. “Yo” es avaro. “Yo” es selectivo. "Yo" quiere sólo una parte de la consciencia, que es esa parte que le genera placer. “Yo” le huye a todo lo demás. Por eso “yo” quiere controlar.

Y como “yo” pretende control, entonces “yo” compara, analiza, piensa, evalúa. “Yo” gasta una extraordinaria energía en hallar maneras para producir cambios, en eliminar todo aquello que no explota placer para sí mismo. “Yo” sólo quiere repetir las experiencias que lo hacen sentir cómodo, holgado, apuesto, rico, valorado, apreciado, respetado, engrandecido, reconocido… es decir, entronado.

Por eso “yo” se siente bien cuando lo saludan. Cuando lo toman en cuenta. “Yo” odia que lo ignoren, que le resten el valor que muy despóticamente él mismo se ha coronado.

Entonces “yo” desea, ¡desea fuerte! Desea que el mundo se rinda a sus pies. Desea que a sus caprichos le brinden alabanzas, que sea él quien dirija la situación. Por lo tanto, y en virtud de que a “yo” no le gusta como lucen algunas cosas, entonces quiere cambiarlas. Quiere cambiar ahora al mundo, al universo, al cosmos entero. Es ese es el momento en el que “yo”se traza un propósito.

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Y los propósitos provienen siempre del “yo”, y ¿no es así?

El propósito es el “yo” intentando cambiarse a sí mismo. Y así hay propósitos para todo. Y detrás de cada propósito entonces se construyen los sistemas morales, las acepciones estéticas y los modos de razonamiento.

Porque los negros son trabajo barato, allá donde el propósito es el de la holgazanería de los más claros. Y eso está bien para el algodonero norteamericano del siglo XVII.

Porque los desiertos son feos y aburridos, allá donde el propósito es seguir llenando los pulmones de oxígeno, y eso está bien para la máquina respiratoria que reproduce su vida animal.

Porque todos los objetos caen con una aceleración de 9,8 metros por segundo en el planeta tierra, allá donde el propósito es el control sobre la naturaleza, y eso es verdadero para la comunidad científica heredera de los enunciados de Newton y de Galileo, en su afán por el control empírico.

Es decir, toda la actividad mental egoísta es producto del propósito. Y detrás de todo propósito siempre se encuentra la figura del “yo”. El “yo” insatisfecho con lo que es y que emprende una contienda con todas sus fuerzas para cambiar todo aquello que no le gusta ser, de donde se origina la violencia.

Porque el “yo” es el origen de la violencia. Porque el “yo” es el sinónimo de la violencia. Porque el “yo” es el resultado de la violencia.

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El propósito es el padre fundador del significado, y, por ende, de la semiótica y de la lingüística.
Y del significado se origina el sentido del bien y del mal. En cuanto el significado es el progenitor de la moral.

El significado, y de la misma manera, es la fuente de lo bello y de lo feo. En tanto, es el gen de la estética.

También el significado es el dictador que escinde lo verdadero de lo falso. Consecuentemente, al significado se debe la razón.

Y la suma de mi moral, de mi estética y de mi razón, es lo que justamente llamo “yo”, y ¿no es esto cierto?

“Yo” es lo que elige, lo que divide, lo que fragmenta, lo que rompe o lo que ordena las cosas que son buenas de las que son malas. “Yo” también opina sobre lo que le resulta bello por encima de lo feo. “Yo” marca su patente entre lo que para él es verdad y lo que más bien le apetece de falaz.

Todo parece indicarlo. Todo parece señalarlo muy claramente: ¡“Yo” soy el propósito!
 
Y “yo”, el propósito, digo lo que está bien y lo que está mal. Lo que parece sabroso y lo que raya en fétido. Lo que se mira como cierto, pero también lo que deviene en mentira.

“Yo”, el propósito, soy quien controla, quien dirige, quien marca su voluntad. “Yo” soy quien piensa, quien siente, quien recuerda y quien olvida. “Yo” soy el rey, el emperador, el que se hace respetar, el que se hace temer, el que se abre paso por encima de cualquier otro.

“Yo” soy todo lo que importa, y todo lo que importa es mi propósito.

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Un cuerpo sano y una mente simple podrían permanecer vacíos y desocupados de todo “yo”. Y vacío estamos antes de que nos corten la cuerda umbilical.

Porque cuando miramos a un bebé justo en los ojos, y notamos con mucha agudeza que allí adentro no habita nadie aún, que ese lugar no ha sido poseído todavía por ningún "yo", nos deja una distinguible sensación de serenidad, de que podemos estar seguros con él.

Esa mente está libre de propósito, y eso, con mucha sinceridad, nos hace tranquilizarnos. Sabemos que podemos confiar en él, justo porque no existe ningún “yo” en él, ¡no todavía!

Pero en la medida en que ese cuerpo va creciendo, y esa mente comienza a identificarse con cosas y experiencias, hace que ese ente ya no sea inocente, que ya se construya un propósito. Entonces allí ya es temible, ya debemos tenerle cierto cuidado porque en adelante sabemos que en el fondo ya es un “otro”, que ya quiere algo, algo que quizá pueda ir en contra de nuestros propios propósitos, de lo que nosotros mismos queremos.

Él se convierte así en un contrincante.

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La persona no es el cuerpo ni la mente. La persona es el propósito que se apodera de ese hogar y de ese espacio. La persona es la máquina deseante que se esconde siempre al otro lado de esos ojos.

Y a veces el hogar aloja a más de un inquilino.

Y cuando al lugar lo ocupa más de un sólo propósito, es allí donde comienza una batalla interna. Una guerra a mansalva. Un conflicto desgraciado que destruye la vida misma del "yo", o al menos la hace lo suficientemente desdichada.

Porque al momento en el cual emerge el primer propósito en la mente, y éste acomoda la casa a su gusto y a su antojo, ya se crea una interrupción con el resto de lo que es. Sólo con mudarse, ya genera conflicto, sufrimiento, contrariedad y violencia para con el resto de la existencia, justo porque anhela un cambio, porque no está de acuerdo con lo que es.

Más aún cuando irrumpe otro propósito dentro de la misma morada, desplazando el espacio de la habitación que ya estaba tomada por una contraparte. En ese momento se crea una contienda, beligerante y sanguinaria, violenta y sin escrúpulos, por quien domina, por quien hace callar al otro, por quien asesina y reina dentro de lugar.

Es la guerra de un propósito en contra del otro. Esa pelea interna es la que llevamos todos. O al menos todos los que hemos caído en esta desgracia, que la desgracia de haber sido poseídos por más de un sólo propósito al mismo tiempo.

Otro propósito trae consigo a otra moral y a otra estética. También trae a otra razón. Y no pocas veces resultan incompatibles y, consecuentemente, excluyentes con los que ya estaban.
 
Es la pelea por comer o no el pedazo de tarta cuando se está en estricto control dietético, pero también se tiene hambre. El campo de guerra que se abre cuando se quiere libertad, pero también igualdad en el mundo de los humanos, y vaya atrocidades las que hemos impreso en la historia a partir de esa contradicción. El exterminio mercenario que opera cuando la persona quiere el “bien para todos”, pero también quiere el bien para sí mismo.

Como los nazis. Como los inquisidores. Como los soviéticos. Cómo los guerreros religiosos de todos los tiempos.

Porque cada propósito trae a su lado a una persona, a un “yo” naturalmente violento. Pero dentro de cada mente entran muchos “yo”, muchos propósitos, que en su medida significa siempre mucha violencia.

***
Vivir sólo en consciencia, ese parece ser nuestro último propósito, que es el propósito que nos libra de todo propósito.

Vivir sólo en consciencia en el sentido de no identificarnos con ninguna cosa. De no personalizar ningún tipo de los juicios. Ni morales, ni estéticos, ni racionales.

Vivir sólo en consciencia, observando en lugar de controlando, sin querer dominar, sin querer influir, sin querer polucionar.

Porque, al fin y al cabo, consciencia es lo que somos, y ¿no es verdad?

Porque nunca somos aquel que habla, mientras que somos siempre aquel que escucha.

Detrás de todas las máscaras y de todos los disfraces. Detrás de todo el contenido de nuestra personalidad y de nuestro escapulario. Justo al otro lado de la cortina, del velo de Isis, allí a donde ya no podemos hablar ni expresar nada, precisamente porque las palabras y las expresiones les continúan después, al igual que los actos y que las emociones también.

Esa plataforma en la que todo ocurre, pero que sin ella no hay posibilidad de existencia alguna. Esa, al parecer, es nuestra verdadera naturaleza. Y esa naturaleza escapa de todo “yo”, no entra en ella ningún “ego”. Penetrarla con un “yo” es tan difícil como que pase un camello por entre el ojo de una aguja.

Es limpia, es sagrada, es imposible de contaminar, de dañar.

No se toca, no se huele, no se siente. Está del otro lado, que es el lado en el que nuestro cuerpo no cabe, ni nuestra mente, ni tampoco nuestra antena emocional.

Esa es la misión que muy adentro, en el subconsciente, llevamos todos, susurrándonos al oído que nuestro nombre es sólo una ilusión que hemos creado con el fin de sentirnos seguros. Que la personalidad que nos hemos impuesto es un constructo social, y que por lo tanto es ilusoria y del mismo modo pasajera, temporal, prestada.

Pero hay que estar muy atento para darnos cuenta de eso. Hay que gastar mucha energía y mucha atención para entender que no somos lo que miramos al espejo todas las mañanas, antes de salir de casa.

Porque la mayoría se confunde, y se confunde desde siempre.
 
Para enterarse de eso uno tiene que iniciarse, que significa ir al inicio de todo el proceso mental con el que nos hemos vestido para el día a día y durante todo este tiempo, durante todos estos años.

Regresar todo el camino, y darnos cuenta de que hasta ahora no hemos sido más que la consecuencia de la cultura y de la biología. Que se nos ha dado una ropa usada, vieja, a la que le han asignado uno de los nombres con los que suelen identificar a sus egos, y con eso han querido vestir al nuestro. Eso está supuesto a ser nuestro "yo".

***
... Ir al inicio, al mero principio de lo que somos, y comenzar a entendernos de nuevo, para entonces hacernos conscientes de que podemos ser más, ¡mucho más!, de lo que es ese "yo" que se nos ha impuesto hasta ahora.

Como cuando éramos niños.

Como cuando éramos mente sin identificación, y evidentemente por eso no lo recordamos. Vivir en plena y sola consciencia es volver a ser niños, niños sin “yo”.

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