La vida después de la muerte


¿Qué es lo que muere?

Muere sólo lo que nace. Y eso es obvio ¿no?

Sólo puede terminar lo que alguna vez tuvo un comienzo, por lo que todo aquello que nunca comenzó, jamás podrá terminar, ¿no es cierto?
Entonces la resolución por la muerte debe partir por la pregunta sobre el nacimiento: ¿Qué es lo que nace?

¿Nace el cuerpo?

Si hiciéramos una abstracción de lo que ocurre con el cuerpo, de lo que éste realmente significa, notaríamos que cada cuerpo no es más que la acumulación de materia cuya existencia era incluso previa, muy previa al “nacimiento”, ¿no es así?

Un entramado de órganos que juntos producen una máquina, cuya finalidad es la de generar un organismo en desarrollo capaz de autoregenerarse a sí mismo en la continuación de su propia existencia como máquina, siempre en términos de consumo y generación de energía, tal cual lo es el ecosistema de un bosque, la mecánica de un automóvil en movimiento o incluso la atmósfera del planeta en el que habitamos.

Pero nada de esto nació, ¿correcto?

Sólo se trata del posicionamiento de ciertos factores, los cuales todos juntos generan una armonía que lleva implícito un fin, que es el fin del funcionamiento de la máquina a la que pertenecen. Pero como factores, existieron antes y también existirán luego de que la mecánica de la máquina cese, pues siempre estuvieron allí presentes, sólo que de distintas formas. Y también seguirán estando, luego de que la estructura mecánica se desintegre y de que la dinámica que los concatenó en aquel momento ya no prolongue su continuación. Sólo que serán manifestados, tales factores y en tal caso, de distintas maneras y de distintos modos, ¿no es verdad?

Y de esa misma manera, y una vez luego de su desintegración, el cuerpo humano descenderá a la tierra para transformase en nuevas formas, sean estas minerales u orgánicas. Porque la materia nunca se anula. Porque ésta sólo se recompone bajo nuevas figuras y nuevas maneras de presentación. De manera que lo que antes fue una planta, ahora es abono de donde pueden originarse nuevas manifestaciones vegetales, o capaz, y a través de largos años, convertirse en los hidratos de carbono que nutrirán el suelo sobre el que posamos nuestros pies, de tal modo que pudiese transformarse en los aceites que luego usamos como combustible para alimentar a nuestras industrias, o quizás para pasar un invierno más cómodo y más cálido dentro de nuestros hogares.

Pero ese aceite que se quema para generar energía luego va a la atmosfera, reintegrándose en la formación de los gases que forman los agregados gaseosos que nos tapan del Sol, o quizás en sustancias que se quedan abajo en el suelo, y que a manera de desperdicios acompañan a las corrientes de los ríos y de las olas de los mares, y que al fin y al cabo terminarán por asentarse en el fondo de los océanos, para que talvez, y luego de intensos siglos de transformación geológica, algún día vuelvan a la superficie en forma de lava expulsada por los volcanes, creando nuevas tierras, o como nuevos gases evaporados por la energía del astro rey, resurgiendo como átomos de hidrógeno o de oxígeno que se sumarán a las vastas nubes que nos arropan las cabezas, y que descenderán luego como lluvia para continuar con la dinámica ecológica que hace posible la vida planetaria tal y como la conocemos hoy.

Y así mismo nuestros cuerpos, con sus troncos, cabezas y extremidades, y luego del fallecimiento cerebral, tarde o temprano terminaran alimentando la misma ecología que mantiene la vida del planeta y del cosmos entero, pues como se ha afirmado desde siempre: El cuerpo no es más que polvo de estrellas.

Porque la materia nunca se suprime, sólo se transforma.

Y la materia que no deviene en forma de materia, entonces lo hace a manera de energía. Y es la energía la otra cara de la materia. Y todo aquello que es energía hoy podría ser materia mañana, por lo que, y en dirección inversa, existe hoy mucha materia de la que podríamos rastrear su fuente como energía en tiempos pretéritos. Materia y energía, en tanto, son dos rostros de una misma moneda que siempre ha estado presente en la existencia, nunca anulada, sólo transformada, una y otra vez, en las distintas formas que nuestros sentidos captan y que han captado desde la noche de los tiempos.

Entonces el cuerpo no es lo nace, sino que se trata de factores que se componen y se recomponen a fin de formar nuevos organismos y nuevas máquinas, y esto es bastante claro ¿no es así como funciona?

Consecuentemente lo que nace es algo bastante distinto al componente dual de la materia-energía, pues ésta siempre ha existido y siempre ha estado. Al parecer, lo que nace es la persona, como una entidad metafísica y subjetiva. Por lo que cabe entonces preguntarse sobre qué es lo que llamamos subjetividad, o lo que es lo mismo: a qué nos referimos por la “persona”.

La persona refiere propiamente a la identidad de un individuo, pertenezca éste a la especie humana o no; siempre es un modo único de identificación, maneras de comportamientos y formas de gozo y sufrimiento diferenciadas de los demás elementos y factores que integran, y externamente a ésta, el resto del cosmos. Es justamente la persona lo que denominamos ego, o compuesto subjetivo que se disocia del mundo de los hechos y de los fenómenos, con la capacidad de salir de la totalidad del universo y apartarse de él, al mismo tiempo que crea, para sí mismo, un compartimiento íntimo que le sirve de hábitat metafísica en lo que reconoce como ella misma, o su propio yo, siempre separado de todo lo que es externo a ella.

Un ego -o persona- es una historia particular, divergente del acontecimiento general de las cosas, pues se comprende como una entidad subjetiva divorciada del mundo exterior. Una historia porque es una sucesión de hechos cronológicos que han ido tallando, poco a poco y uno tras otro, las distintas maneras y técnicas con las que tal persona ha logrado construir y articular sus maneras de entender y desenvolverse dentro de la vida, que en sí es la experiencia sobre el cosmos o la totalidad externa.

La historia, en igual sentido, no es más que la acumulación de recuerdos, todos entrelazados sucesivamente por medio del principio de causa-efecto, por lo que se atan los unos a los otros como orígenes y consecuencias que subsecuentemente se explican, en dirección siempre progresiva, bajo los supuestos de la lógica y de la dialéctica que le brindan el sentido racional del relato al que estamos acostumbrados.

Sin embargo, los recuerdos son toda vez identificaciones que la mente genera a medida que la consciencia se permite el paso a través de la existencia. La consciencia explora
al Ser desde su naturaleza que indica sólo una capacidad innata de percepción, y no más que eso. La consciencia sólo remite la facultad de aprehensión, que es el mero darse cuenta del mundo externo a ella.

La consciencia no cuenta con talento alguno para almacenar recuerdos, pues eso es un ámbito que incumbe enteramente a la mente. La mente, al copiar la información con la que la consciencia se aproxima al presente, genera sensaciones -auditivas, visuales, texturales, gustativas y olorosas, pero también pensativas, sentimentales y emocionales- que, dependiendo de lo viciada que dicha mente resulte respecto al conjunto de sensaciones que vaya experimentando, engendrará afinidades o repulsiones con ciertos elementos, de donde emana la identificación. De esta identificación se origina el recuerdo.

El mecanismo es sencillo: si la mente no se identifica, entonces la memoria nunca se origina. Las cosas que la mente recuerda sólo ocupan memoria porque dejaron un rastro de satisfacción o insatisfacción en la misma medida en que la mente fue experimentando dicho elemento. Sin ese rastro de gusto o disgusto, las experiencias pasan desapercibidas por la memoria, y en tanto el recuerdo nunca se genera.

Y ese conjunto de identificaciones, que a lo largo del trayecto por el que la mente va experimentando el reflejo que la consciencia va imprimiendo sobre el intelecto, son las que se irán acumulando a modo de memoria personal que concentra la historia de un individuo determinado respecto a él mismo, que en sí es la idea representativa que una persona posee sobre sí misma; se trata del nacimiento del yo, por el yo mismo; de la consecución del ego como un organismo diferenciado que se reconoce a sí mismo, lejos de todo tipo de experiencia allende a la memoria.

En tanto el ego no es más que la acumulación de identificaciones, todas como relaciones que entre la mente y la memoria han venido construyendo mediante el reflejo con el que la consciencia ha nutrido al intelecto, y a partir de las cuales se ha tejido una historia que crea la ilusión de ser una cronología vivencial de algo separado del resto, como si esas experiencias hubieran sido dirigidas hacia un solo ego en particular que las hubiera estado experimentando sobre un eje propio, y por lo tanto identificadas solamente con ella y con ninguna otra.

No obstante, esas identificaciones han sido siempre establecidas sobre elementos que integran, todos juntos, al cosmos en su totalidad. Son piezas que arman el rompecabezas de toda la existencia, como una monada íntegra y holística, sin circunscripciones particulares, aunque con un rol distinto en cada situación, y según su función específica dentro de la reproducción del Ser. Son elementos que a manera subjetiva captamos a través de nuestros sentidos, tanto con los materiales (vista, olfato, oído, tacto y gusto), como con aquellos otros más sutiles (pensamientos, sentimientos y emociones), pero que no pertenecen a ninguna mente en particular, pues no se trata de experiencias ad hoc dispuestas para una persona en específico, sino que son factores presentes e implícitos en el movimiento del Universo como uno solo, total y único, sin ningún tipo de circunscripción particular alguna.

Estos elementos están allí sin la necesidad de la existencia de aquellas identificaciones que circunscriben al ego. El ego es, en términos bastante llanos, un conjunto de circunscripciones imaginarias sobre algunos de los elementos cósmicos con los que la mente particular se ha ido identificado a lo largo de su trayectoria, siempre discerniendo entre lo que le resulta placentero y lo que más bien le genera dolor y sufrimiento.

Placer y sufrimiento son dos grandes recintos o perímetros -siempre imaginarios- con los que la mente egoizada va clasificando a todas aquellas experiencias que se permite percibir a lo largo de su recorrido.

Placer y sufrimiento son dos ramificaciones que se desprenden de una misma acción, que es la acción de emitir juicios, y quién los emite no es alguien distinto que la persona, refiriéndonos en sí al ego proveniente siempre de la mente, pues es la mente el suelo fértil dónde el ego nace, crece y se expande; también es el lugar donde éste muere.

El ego cuenta con la facultad de emitir juicios -que se trata meramente de condenar respecto a hechos o situaciones- sobre las experiencias con las que se va actualizando en su recorrido histórico particular. Estos juicios siempre serán referidos a tres modalidades o índoles que muy claramente podemos describir como estéticos, morales y racionales.

Los estéticos tienen que ver con el discernimiento que el ego se precisa al diferenciar entre lo que es bello y lo que es feo. Mientras que los juicios morales cumplen un mayor sentido en cuanto a lo que es bueno y lo que es malo, siempre desde la perspectiva relativa del ego ilusorio y separatista. Los juicios racionales van más dirigidos a condenar la diferencia de lo que resulta verdadero de lo que es falso.

El ego no podrá nunca engendrar una acción distinta a la de emitir cuestionamientos a los que les continúan los juicios o condenas sobre las experiencias que atraviesan por su ámbito. Preguntar y condenar es el terreno reducido y pobre del ego, pues no tiene ninguna capacidad extra para expresarse de manera distinta a estas dos.

Y toda vez que la mente egoizada condene algo que le refiera a lo bello, lo bueno o lo verdadero, entonces advertirá sentir placer, mientras que, y en dirección opuesta, todas aquellas veces que lo determine como feo, malo o falso, entonces le imprimirá el sentido de dolor o sufrimiento que todos conocemos. Porque el ego siempre desea el placer, y nunca el sufrimiento, y sólo así sabe comportarse, y de ninguna otra forma.

Pero si levantásemos esos dos grandes perímetros de placer y de sufrimiento, que en sí son, y de igual manera, circunscripciones imaginarias, notaríamos que lo que realmente existe son experiencias, y no más que eso. Por lo que los conceptos estéticos, morales y racionales son meramente ilusorios y relativos, y no tienen existencia propia más que la imposición de las fronteras con los que la mente egoizada ha ido agrupando a la serie de experiencias que ha almacenado en su memoria -toda vez mediante el proceso de identificación egoísta-, asimilándolas como de su propiedad sin percatarse que esas experiencias están allí, fuera de ella, sin necesidad de tales circunscripciones egoístas.

Lo que hoy es placentero, mañana podría ser doloroso. Y lo que hoy genera sufrimiento, mañana podrá del mismo modo representar placer. Porque estos conceptos no refieren ni siquiera a sensaciones. Son solo agrupaciones deliberadas y constituyentes de un constructo imaginario como lo es el ego, la persona. Si revisáramos con detenimiento, diéramos cuenta que las sensaciones que encierra el placer son cambiantes y de distintas índoles. Igual las que caen bajo el manto del sufrimiento.

Comer con hambre, usualmente lo relacionamos con placer. Pero la sensación que nos provee la actividad de comer hambrientos es muy distinta a la que nos genera el dormir soñolientos. No son lo mismo ni se sienten como lo mismo, nunca, y sin embargo a ambos los cobijamos bajo el mismo recinto, que es el recinto de lo que llamamos placer. Y de igual manera, la sensación de sufrir una herida física, que nos genera dolor, difiere en todo sentido de la sensación de la culpa -cuando la solemos sentir-, mientras que ambas las encerramos bajo el mismo supuesto de sufrimiento.

Pero nótese que placer y sufrimiento no existen per se, pues son en todo momento tan someros, tan imprecisos, tan relativos, tan dependientes, tan modificables… que siempre dependen de lo que entendamos por lo estético, lo moral y lo racional. Y si cambiasen nuestras escalas estéticas, morales y racionales, como sin duda ya han cambiado en gran cantidad de oportunidades en el pasado, también se modificarán entonces los perímetros dentro de los que seleccionamos las sensaciones placenteras y dolorosas, como también ha ocurrido en nuestra propia historia y también dentro de la historia de la humanidad como especie en tiempos pretéritos.

Notemos también que todo este cuadro, creado por la acción del ego sobre los recuerdos que la mente ha almacenado en condición de memoria, ha sido siempre, es, y continuará siendo cada y toda vez imaginario e ilusorio, pues ese cúmulo de recuerdos con los que se abastece la memoria, son realmente proyecciones hechas por la mente concernientes a los elementos y factores externos a ella que forman el completo entramado del Universo, y que existen realmente prescindiendo de cualquier rastro de memoria y de cualquier tipo de identificación para su existencia.

Y estos elementos y factores, que muy perfectamente podemos describir como la realidad -refiriéndonos con ellos a los noúmenos kanteanos-, nunca han nacido, pues siempre han estados allí, dispuestos en el suelo pulcro y perfecto de la existencia, pero que aparentemente aparecen y desaparecen para el yo como consecuencia del paso que la consciencia hace en su recorrido a través de la realidad o del mundo exterior, y que en virtud de la minúscula circunferencia o capacidad de aprehensión que hasta ahora ésta ha demostrado, se genera la sensación de fenómenos intermitentes y discontinuos dentro del ámbito de la experiencia.

Es decir, la consciencia actúa como una lupa que viaja sobre el trayecto de un manuscrito. Cada palabra del manuscrito representa un elemento o un factor que integra el contenido semiótico y holístico de la carta, como una monada total y única. Sin embargo, la lupa tiene una capacidad reducida de enfoque, por lo que solo puede captar partes del contenido al momento en el que viaja en su trayecto. Las palabras (o elementos y factores de la realidad) aparentan aparecer y desaparecer para la lupa, como si se tratase de algo que emerge para luego sumergirse, a medida en que se las va enfocando durante el recorrido, pero esto no es más que una ilusión, pues tales palabras siempre están allí, sobre el papel escrito, aún mientras no sean enfocadas por el lente de la lupa. Es solo que, y dada la reducida capacidad de enfoque de la lupa, y además de su naturaleza móvil y de su continuo cambio de posición, hacen parecer como que la realidad emana en sí misma para luego desaparecerse conforme pasa el tiempo, mientras que la verdad es que si la lupa fuese lo suficientemente ancha como para abarcar la totalidad de la carta, pudiese darse cuenta que las palabras siempre han estado todas allí, por lo que nunca nacen (aparecen), ni tampoco mueren (desaparecen).

Lo que nace, en dado caso, es el ego, la persona, que en sí representa la subjetividad del trayecto de la memoria particular con la que la mente egoizada se ha venido identificado con los distintos elementos y factores que a través de la consciencia ha logrado conocer. De manera que lo que muere, en igual modo, es el ego, como la ruptura y descontinuación de la cronología de dicha memoria -la cual guarda las experiencias a manera de recuerdos como formas con las que el ego se ha aproximado al mundo exterior-, al momento en que la mente cesa como consecuencia de la desintegración cerebral.

Sin embargo, y luego de entender que tales elementos y factores (noúmenos), a partir de los cuáles se ha formado la memoria y el ego, exceden siempre los parámetros imaginarios de la persona, y que por lo tanto dicha memoria, como acumulación de recuerdos identificados con el yo, no es más que la ilusión creada por el ego al intentar circunscribir ciertos aspectos de la realdad como suyos propios, cabe la pregunta si de hecho tal ego, o persona, alguna vez existieron realmente, o si el proceso de nacimiento y muerte no ha sido más que la malinterpretación de lo que ha ocurrido en realidad, y en tanto no pasa de ser una simple y mera ilusión, que es la ilusión de la historia particular con la que cada individuo se ha identificado a lo largo de su “vida”, mientras que intenta apoderarse de experiencias que de hecho han estado siempre allí, sin la necesidad de la alucinación egoista.

Nace y muere lo que nunca existió en términos reales. Nace y muere el ego y la continuación de su memoria particular sobre experiencias y hechos que nunca fueron suyos propios. Todo lo demás, que es la vida propiamente dicha, y que es lo que verdaderamente existió siempre, continuará estando allí, en la existencia, como siempre lo ha estado y siempre lo estará. Y así será durante los siglos que formen los siglos hasta el fin infinito de toda la eternidad.

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