La Genealogía del Ego: Segunda parte


El surgimiento de la mente humana es la historia del desarrollo de un instrumento que se ha estado gestando durante al menos los últimos tres millones de años, por no querer viajar a tiempos más remotos, y que sin duda trata de una extraordinaria funcionabilidad al momento de adentrarnos en el conocimiento y en la observación de la existencia, que es la vida que experimentamos todos y cada uno, tanto del punto de vista del colectivo como desde la perspectiva de nosotros los particulares. Pero si quisiéramos retroceder aún más, el auge de la mente -que en sí significa un organismo que trasciende a la mera estructura cerebral y neuronal- ha estado presente desde tiempos en los que incluso la consciencia se encontraba atada a los niveles de la experimentación más bajos, que son aquéllos relevantes al reino mineral o inorgánico, y cuyo punto de partida “histórico” suelen fijar los estudiosos de la sabiduría eterna al principio de la creación misma, pues desde los teósofos hasta los budistas, pasando por la tradición hindú, el gnosticismo y hasta los cabalistas indican al reino mineral como aquél en el que la consciencia se muestra en el nivel más denso y más reducido respecto a toda la extensión de la existencia misma.

Y así la mente ha logrado, a través de tantos tropiezos y de tantos sacrificios, pero también luego de tantos aciertos y tantos movimientos evolutivos, un nivel cada vez más alto de consciencia, que ha llegado a nosotros desde los grados más bajos del reino mineral o inorgánico, en todas sus presentaciones, pasando a través del reino de las plantas y de los vegetales, para posteriormente continuar su desafío mediante los cuerpos animados y por lo tanto del reino animal, hasta llegar a quiénes hoy somos i.e., el Ser Humano, en singular, pues se trata de un ser único que se manifiesta a través de muchos cuerpos, pero que cuenta con un epicentro psíquico único, y uno solo, con el que experimenta la realidad bajo las mismas formas y tras los mismos condicionamientos, que son los nuestros propios, y que significan, a fin de cuentas, nosotros mismos.

La mente humana, al día de hoy, ha logrado desarrollarse en tres direcciones, que tal y como se comentó en el capítulo anterior, señalan tres maneras de juicio, cada una con valores y con ámbitos bastante diferenciados entre ellos. La primera tiene que ver con el juicio estético, que refiere a lo bello y a lo feo, y que se vincula con los placeres más cercanos a la sensibilidad que poseemos, basados fundamentalmente en la armonía que dibujan las formas y los tiempos que captamos del mundo exterior en nuestra consciencia. La segunda señala al juicio moral, que es el componente capaz de discernir sobre lo que es correcto y lo que es incorrecto -en términos éticos-, y cuyo surgimiento se considera posterior al del juicio estético. La última actualización de este desarrollo mental logró engendrar al juicio racional como el más acabado de los tres, y cuya acción nos permitió, a nosotros el Ser Humano, la habilidad de comprender los campos de la lógica y del pensamiento matemático -como conocimientos básicos a priori-, así como las categorías básicas del espacio y del tiempo, concernientes al pensamiento puro y también a priori, que en términos kanteanos significan los axiomas más generales del aparato cognitivo del Hombre.

Ahora bien, la información con la que trabaja la mente, nuestra mente, en su constante discernimiento entre estas tres formas de juicio, proviene toda vez de las experiencias que tomamos del mundo exterior. Estas experiencias solo pueden ser captadas a través de ciertos sentidos -sean estos materiales o no-, con los que extraemos las formas y las impresiones que nos alimentan la memoria, y cuyo fundamento es la base para el desarrollo del ejercicio mental, pues sin memoria -o sin el conocimiento sobre el mundo exterior- no podría jamás producirse ninguno de los movimientos de la mente. No obstante, es oportuno aclarar algo en particular, y que sin duda representa un golpe duro para nuestro sentido común. Y es que el Ser Humano cuenta con cinco sentidos materiales básicos con los que logra aprehender la materia, pero además está dotado de otros provenientes de una naturaleza más sutil, con los cuales se vale en la tarea de captar la información que no se manifiesta físicamente en el plano propiamente de la materia, aunque sin duda guarda completa relación con el comportamiento de todo lo que es material y en todo sentido.

Aquellos cinco sentidos materiales son vastamente conocidos por todos, o al menos por casi todos los que hemos experimentado la vida. Se trata de la vista, del olfato, del oído, del tacto y también del paladar con el que saboreamos todo aquello que nos resulta salado, agrio, dulce o amargo. Sin embargo, la psique capta, y de igual manera, otra serie de fenómenos de menor densidad y de mayor nivel vibracional como lo son los pensamientos, las emociones y los sentimientos. De igual modo, la psique está dotada también de facultades capaces de captar los fenómenos de los deseos y de las ambiciones, procedentes de las faltas y carencias que sentimos desde nuestro vacío egoísta, y de donde se origina precisamente la voluntad que nos nutre el movimiento. Es importante la comprensión de todo este mecanismo toda vez que uno quiera enterarse a profundidad de la actividad integral de la mente humana, que es la nuestra, puesto que hasta el momento hemos estado suponiendo que el conjunto de pensamientos y de emociones, y de sentimientos y de ambiciones que percibimos, son producidas a partir de nuestra propia voluntad. Y creemos que estas características de la realidad las aportamos nosotros desde nuestro ser, llegando incluso a confundirnos con ellos, haciéndolos pasar por nosotros mismos y derogando nuestra identidad en sus nombres, de donde dimana precisamente la confusión de la que procede el ego mismo.

Nuestra identidad, -la verdadera identidad de quién somos-, sólo es aquella que permanece con nuestro ser en todo momento, pues es a lo que realmente podemos afirmar que debemos nuestra existencia, y de lo que no podríamos jamás prescindir porque justamente descontinuaríamos nuestro “existir”. Todo lo que es efímero, lo que se borra y se termina, o lo que aparece y desaparece, no es más que el porvenir, o lo que experimentamos desde fuera de nosotros, y por lo tanto pertenece al mundo exterior, allende a nuestro ser verdadero. Esto es muy básico, pero también muy confuso, porque a veces lo olvidamos, y cuando olvidamos entonces nos identificamos con cosas y con experiencias que no nos definen; y en esa malinterpretación creemos vernos representados en elementos que son ajenos a nuestro verdadero ser. El pensamiento, el sentimiento, la emoción y el deseo entran y salen de nuestra esfera de consciencia, pero nunca llegan para quedarse, siempre nos visitan para luego marcharse. Mientras ninguno de ellos está presente, empero, seguimos siendo y continuamos existiendo. Y aun en los intervalos en los que no experimentamos ninguna de estas propiedades sutiles de la realidad, nuestra consciencia sigue viva, y por lo tanto vivimos. En su ausencia aun somos, y esto es lo que lo hace obvio. Hace obvio el hecho de que son elementos externos a nosotros, y que no son originados desde nuestro ser, sino más bien presenciados por él. Lo que se queda, lo que permanece, y lo que siempre está presente, eso que nunca termina y siempre se muestra allí, estático, es claramente lo que verdaderamente somos, pues sin eso ya no seríamos, ya no existiésemos. Es aquello de lo que no pudiésemos nunca relegar sin eliminarnos como ser, o lo que no podemos renunciar sin interrumpir nuestra propia existencia; y eso que permanece y nos hace ser, siempre, no es otra cosa que el foco de mera consciencia como capacidad de percepción pura, sin la cual ya no pudiésemos hablar de nosotros.

Sin embargo, resulta pertinente aclarar algo en particular y con suficiente énfasis. Y es que la mente, como organismo transcendental, sólo cubre una función de aproximación cognitiva con la que nos servimos al momento de explorar la existencia. El ego por su parte es un organismo que, aunque ilusorio, termina por ser totalmente distinto al mecanismo propiamente de la mente, pero que hunde todas sus actividades enteramente dentro de la estructura y la operación mental. El ego se forma a partir de las identificaciones que la voluntad viciada va construyendo a medida que la consciencia se permite el paso por la experiencia de la mente. Identificarse significa, siempre y toda vez, la agrupación de experiencias -siempre a manera de memoria, y por lo tanto ausentes del presente- de todos los elementos que hemos confundido con nosotros mismos a lo largo de nuestra historia.

Es decir, a medida que hemos venido experimentando la cronología de nuestras vidas, hemos ido desarrollando apegos, falsas identificaciones y representaciones de nosotros mismos ante conceptos y experiencias que han entrado, de alguna manera u otra, a través de nuestro foco de consciencia. Y así de este modo existen quienes se representan a sí mismos como escritores y otros como carpinteros. También los hay con un corte más nacionalista y dicen ser ingleses o venezolanos. Se encuentran también los que son más sexistas y aseguran ser hombres o mujeres. Algunos más exactos se identifican como altos o petizos, siguiendo una escala de tamaño, o como gordos o delgados, para quiénes se van más por la escala del grosor de sus cuerpos.

Pero si somos verdaderos observadores, ecuánimes, y dirigimos nuestra mirada con suficiente objetividad sobre estas situaciones, notaríamos que todas esas personas -que como buenas personas que son, no pasan de ser algo más que simples máscaras- seguirían existiendo aun si les sacásemos todas esas características y propiedades con las que se revindican. Y si continúan existiendo, aun prescindiendo de todas ellas, entonces aquéllas no las pudiésemos apuntar como sus auténticas identificaciones. Más aún, si para aquéllos que se representan a sí mismos a través de sus cuerpos intentásemos llevar el ejercicio de ir sacando parte tras parte, y pedazo a pedazo, cada una de las distintas partículas que integran dichos cuerpos, notaríamos que aun así continuarían existiendo luego de la supresión de sus extensiones corporales. Tal es el caso de las personas mutiladas o que han sufrido desprendimientos en cualquiera de las zonas de sus cuerpos, pues su ser sigue intacto luego de tales reducciones, por lo que no sería ni siquiera verosímil continuar con la identificación del ser respecto al cuerpo. De tal manera que pudiera quedar la duda de la identificación del ser con el cerebro, entendiendo a éste como el órgano que concentra la actividad neuronal del cuerpo, ubicándola a la altura del cráneo humano. Y aun así hemos de notar que existen individuos que han perdido parte de la masa gris que ocupa la caja de sus cráneos, y aun así el sentido de existencia, que es la capacidad de experimentar la realidad y hacerse conscientes de ella, continúa intacto y puesto sobre ellos. E incluso en aquellos otros casos donde se presenta una muerte cerebral, en intervalos de estados de coma, o hasta la misma muerte biológica del organismo, en los que la actividad mental desciende hasta los niveles más nulos, la consciencia no pierde vigencia nunca, pues se experimenta en ella la ruptura de la continuación de una historia particular -que es lo que significamos como persona-, y la consciencia, en tal caso, se concientiza de un fallecimiento corporal, pero sigue concientizándose de todo lo que pasa, de todo lo que ocurre.

Por lo que el ego básicamente se trata de identificación de la voluntad con el corto período que recorre la memoria, sea esta colectiva o personal. Y quién muere es justamente la memoria, como cronología de experiencias concatenadas a manera de historia. La consciencia jamás podrá morir por que en sí misma nunca ha nacido, jamás tuvo historia. Siempre estuvo allí, presente, desde la noche de los tiempos. Significa vida, y la vida es eterna, porque nunca desciende a las tierras del olvido. Solo lo que nace muere, como en efecto algún día morirá nuestro ego personal, de tal manera que se interrumpirá nuestra historia y el recorrido cronológico que dibuja nuestra experiencia individual. También morirá en su momento, y luego de que el Ser Humano logre emanciparse de las ataduras que las identificaciones volitivas han tendido sobre la mente, la historia que guarda la memoria de nuestra especie humana. Y cuando eso pase, ahí quedará la consciencia, presenciando lo que sea que salga del mundo in-manifestado; siempre atenta, siempre testigo de todo lo que ocurra y de todo lo que emerja, pues sólo ella es eterna.

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