Urgencia por una solución cambiaria en Venezuela


Publicado por el Diario El Mundo Economía y Negocios 06 ago 2015, Caracas . Venezuela.

Las crisis económicas en Venezuela se han parecido todas, en tanto que han sido provocadas en sus momentos por desajustes bruscos de la balanza de pagos y por un envilecimiento repentino de las condiciones del mercado cambiario y del sector externo en general. Poco se ha aprendido de tales eventos pasados: en tiempos de bonanzas petroleras, los gobiernos de turno comprometen gran parte del presupuesto nacional con gastos improductivos, desdeñando las políticas de financiamiento de actividades fértiles y derrochando una cuantía importante de sus ingresos por concepto de venta de hidrocarburos en gastos populistas insostenibles, de corto plazo, y en la mayoría de los casos con fines claramente electorales. Esta situación cambia un poco al momento en que se genera un desplome en el mercado petrolero internacional y esos mismos ingresos merman significativamente, provocando austeridad, recortes y déficits tanto en el presupuesto nacional como en las cuentas del sector externo. Devaluaciones, inflación, escasez y turbulencia económica han sido los resultados de estas deliberaciones a lo largo del trecho histórico que nos ampara como potencia energética en el mundo.

El panorama vigente no luce muy distinto, a no ser por el hecho de que la crisis actual ha comenzado a propagarse aún con los precios petroleros relativamente altos. El alto rendimiento financiero que registró el negocio energético durante los últimos tres lustros permitió al Gobierno nacional gozar de una expansión continua del gasto público, impulsada principalmente por políticas de traspasos económicos –ya fuesen financieros o en forma de bienes y servicios– hacia un sector importante de la sociedad y por egresos relacionados con ciertas mejoras sociales pero sin ningún tipo de retribución productiva. La sostenibilidad y sustentabilidad de este modelo obviamente dependía del crecimiento constante y permanente de los ingresos erogados de la actividad petrolera. Fueron siempre previsibles las consecuencias económicas seguidas tras este cúmulo de medidas de reparto rentístico, y fueron oportunamente advertidas por algunos centros de estudios e incluso por algunos expertos particulares con acceso a la opinión pública; estas advertencias nunca fueron tomadas en cuenta, y se consideraron fútiles y se desestimaron sistemáticamente. 

Hoy, la crisis venezolana se describe como una carencia notoria y persistente de oferta de divisas al tiempo que la poca capacidad de respuesta productiva interna obliga a abastecer gran parte del mercado nacional con importaciones; importaciones que dependen de la cantidad de divisas dispuestas para la compra internacional y de su precio en bolívares. La sobrevaluación monetaria que durante años se propició mediante los distintos mecanismos de asignación de divisas (CADIVI, SITME, SICAD, etc), ha agotado los niveles de productividad y competitividad internos, y en tanto se dificulta incrementar los niveles de producción siquiera para abastecer la demanda nacional. Importar a precios bajos fue una solución coyuntural con la que durante los años de auge se intentó atenuar las presiones inflacionarias y se garantizó un mayor nivel de calidad de vida en términos generales. Ese nivel de calidad de vida, empero, resultó ser circunstancial, y el detrimento que durante esos mismos años se le impuso al aparato productivo interno ahora ‘cobra factura’, y se convierte en la fuente de los desajustes económicos presentes. Por otra parte, la poca capacidad de respuesta financiera en divisas con la que se maneja la situación actual, y la entropía y ligereza con la que el Gobierno ha llevado el asunto, han creado las condiciones de vulnerabilidad que aprovechan ciertos bandidos de las finanzas que, con intensiones francamente políticas, maniobran casi unilateralmente el mercado paralelo de la divisa surgido a partir del desorden cambiario. Y es que la economía nacional ha quedado tan frágil, que el nivel de precios y la actividad económica en general se han vuelto sumamente sensibles ante cambios en el valor de la divisa, y este valor se asocia cada vez más con el comportamiento del mercado paralelo del dólar, orquestado básicamente por algunos banqueros venezolanos prófugos y por sus aliados al borde de la frontera occidental venezolana.

En el mercado cambiario, la demanda comienza a exhibir un comportamiento patológico puesto que ya no es sincera con los requerimientos reales de la economía nacional, sino que responde más, y en todo caso, a un esnobismo especulativo que ha generado una reificación del dólar estadounidense como sinónimo de enriquecimiento fácil y rápido. La divisa no se demanda por el simple hecho de intercambio con el exterior, sino como un mecanismo crematístico per se: comprar barato y vender caro, y con ello se contribuye al incremento del precio paralelo. Por el lado de la oferta, es imperativo hablar de la instauración de mecanismos e instituciones cambiarias que han auspiciado la corrupción y la malversación de divisas, con las que se ha producido una desviación importante de los recursos cambiarios menesteres para la superación de la situación actual. Una desarticulación de la demanda especulativa de divisas, apoyada en la generación de confianza en la economía y en la moneda nacional, y una restructuración cambiaria más sincera y menos transgredible, podrían actuar como factores estabilizantes en el corto plazo.  La solución final supone la recuperación de los niveles de producción nacional y la sustitución paulatina de importaciones, con lo que se ahorraría una cantidad de divisas que, aunada a la estabilización del nivel general de precios y a la recuperación de la dinámica económica interna, atenuaría las presiones del mercado cambiario y aliviaría la actual crisis económica.

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