Publicado por el Diario El Mundo Economía y Negocios 29 oct 2015, Caracas . Venezuela.
El poder adquisitivo del bolívar ha mermado considerablemente como consecuencia del contexto inflacionario que se vive en la nación y por la que se ha caracterizado ya durante los últimos años. El crecimiento crónico y persistente del nivel general de precios ha terminado por significar el envilecimiento de los salarios y de las inversiones nacionales hasta el punto de empobrecer al grueso de la población, y de desmejorar su calidad de vida constantemente. Actualmente, pocas cosas son las que se producen, y pocas cosas son las que se consumen si comparáramos la situación vigente con épocas anteriores. Y este escenario, que conviene a muy pocos, pero vaya que les conviene a esos pocos, y que se opone a los intereses del bienestar y del desarrollo nacional, significa también un descenso continuo del consumo interno –tanto privado como público–, que impacta de forma negativa en la demanda nacional, demanda que sostiene en sí la producción y la actividad económica en general. No hay quien invierta si no hay certeza de que lo producido pueda venderse y lo invertido pueda recuperarse, y no existe tal certeza porque el ciudadano común cuenta con menos ingresos, con menos capacidad de compra. Es un círculo vicioso que deviene en una trampa para el desarrollo, y mientras nadie invierte y nadie compra, el sistema no logra reactivarse, aun cuando existen y persisten carencias económicas para cualquiera.
Pero un debilitamiento continuo de los salarios supone un abaratamiento de los costos de producción nacionales. Si se paga menos por trabajo, entonces contratar empleados resulta más rentable, sobre todo si lo que se produce se puede vender caro, y así la inflación podría comenzar a convertirse en un aliado en lugar de un hostil adversario. Pero, ¿cómo aprovechar las aborrecibles caídas del poder adquisitivo nacional que tanto hacen daño a la familia común venezolana? Al fin y al cabo, un menor nivel de salario genera mayores aprietos para quienes se encuentran inmersos en el sistema en calidad de empleados, y los perjudica a medida que requieran los sustentos para su vida cada vez más caros. No obstante, el incremento inflacionario ha suscitado presiones cambiarias que por alguna u otra vía han incrementado la tasa de cambio. Cada vez la divisa aumenta su valor respecto a la moneda nacional, y dado el modelo económico presente, que se basa fundamentalmente en importar cuanto se pueda sin importar los daños colaterales que tal acción produce sobre los niveles de producción domésticos, sólo determina un crecimiento continuo de los precios al consumidor.
Una tasa de cambio alta puede señalar un deterioro relevante de los salarios nacionales, como en efecto lo hace en el presente, pero también podría convertirse en un estímulo para las exportaciones, puesto que hace caro el precio de los productos vendidos en divisas, a la vez que abarata los costos de producción internos. La solución está en verle el lado positivo a la crisis que se nos ha venido encima, al mismo tiempo que se le saca provecho. Es un mecanismo que ya muchas otras economías han usado, y que ha demostrado se infalible si de auspiciar la actividad económica y el empleo se trata: crecer hacia afuera mientras se recuperan los niveles de ingreso nacionales. Colocar productos venezolanos del otro lado de nuestras fronteras, con altos grados de rendimiento asociados y beneficiándonos del deterioro de la moneda venezolana en lugar de sentir constantemente sus perjuicios.
Sin embargo, estas acciones deben venir acompañadas de una serie de políticas, deliberadas todas con el fin de promocionar la economía exportadora interna en aras del desarrollo económico y de la recuperación de la actividad productiva venezolana. Nada se hace, o se hace poco si sólo se advierte de la oportunidad que significa un incremento crónico de la tasa de cambio –a pesar de que dicho incremento sea el resultado de los desajustes y de las pésimas políticas económicas que se han diseñado desde la administración pública durante años–, pero no se propicie los elementos institucionales más acertados para concretar una nueva política exportadora expansiva, la cual prevea la negociación de bienes y servicios distintos a los de la tradicional economía petrolera en mercados internacionales. Un ajuste sincero de la tasa cambiaria, que tome en cuenta los requerimientos más básicos de la población (alimento y salubridad) para el importador nacional, pero que persiga el fomento de la actividad exportadora, y que también incluya una oportuna desburocratización y simplificación de los trámites y procedimientos pertinentes y aplicables a las empresas exportadoras, pudiese ser una animada opción para recuperar los niveles de producción nacional, y una vía de escape ante la vigente depresión económica y la incipiente hiperinflación que asecha a la nación venezolana.
La exhortación es prudente y clara, sobre todo para los diseñadores de políticas económicas y para aquellos otros ávidos de negocios y de conquista económica de otros mercados. El bajo nivel de ingreso que padece el grueso de la población interna destruye –como evidentemente ha destruido– el incentivo para la inversión nacional, pero al mismo tiempo ha significado una disminución de los costos de producción que se aunada al incremento de la tasa cambiaria, y juntas terminan por significar una oportunidad rentable si se voltease la producción nacional hacia espacios fuera de Venezuela.

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