Publicado por el Diario El Mundo Economía y Negocios dic 2015, Caracas . Venezuela.
Las cuentas nacionales venezolanas no han sido las más prometedoras en los últimos trimestres. Los niveles de inflación son tan altos que al parecer hasta al Banco Central de Venezuela (BCV) le resulta difícil computarlos, o al menos hacerlos públicos para todos; la producción nacional ha registrado un retroceso tan continuo, que ya no sale de lugar hablar de depresión económica; los salarios han disminuido tanto su poder adquisitivo que quienes sobreviven con el salario mínimo no merecen ser considerados menos que magos, y la escasez de productos básicos, tan callada y manipulada por algunos, obliga constantemente a cientos de venezolanos a negociar días de permiso enteros en sus lugares laborales para destinarlos a hacer colas inmensas, y así lograr adquirir algunas de las cosas con las que viven sus vidas, su ‘día a día’.
El contexto económico ha evolucionado de tal manera que el consumo nacional depende, como nunca antes, de la capacidad de importación de la economía, y ésta a su vez depende de la cantidad de divisas que ingresan en el país. Tales divisas, sin embargo, son generadas fundamentalmente a través de la exportación de petróleo hacia mercados internacionales, puesto que a Venezuela se le ha hecho sinceramente arduo superar, después de tantos años, su condición de economía mono-exportadora y altamente dependiente de las vicisitudes en el mercado de hidrocarburos en el mundo. Un consumo interno creciente, aunado a una disminución crónica de la actividad productiva nacional, y un inoportuno envilecimiento de los flujos de divisas –principalmente debido a la caída de los precios petroleros– han provocado cada vez una situación económica más crítica, y un empeoramiento sistémico de la calidad de vida de los venezolanos, quienes comienzan a extrañar los viejos años de auge y de ‘dólares baratos’ mediante la remota Comisión de Administración de Divisas (CADIVI).
No obstante, las cosas deben advertirse prudentemente, y deben ser advertidas con la mayor sinceridad posible. Venezuela actualmente carece no sólo de los recursos para garantizar la continuidad de la vida cotidiana de sus habitantes –puesto que cada vez se depende más de productos importados, y estas importaciones al mismo tiempo dependen de los flujos de divisas que ingresan en la economía, divisas que parecen hacerse a cada momento más exiguas–, sino que comienza a comprometer su reputación financiera en el exterior. Si no hay para comer, es muy insensato que haya para pagar cuentas, cuentas que al fin de cuentas no sacian el hambre de la población, ni tampoco garantizan medicamentos para los enfermos, ni mucho menos asoman una posible solución ante la vigente entropía y la inminente crisis humanitaria de la que posiblemente seremos testigo pronto, muy pronto.
El asunto ha sido siempre bastante claro para cualquiera: no es posible gastar más de lo que se percibe (financieramente hablando), y si se hace es gracias a la negociación de una deuda con que se comprometa, y que tarde o temprano ha de honrarse. Y esta ha sido precisamente la estrategia de la administración central durante los últimos lustros: endeudar las cuentas nacionales con el fin de cubrir los déficits del sector externo. Una deuda que poco ha tenido que ver con el desarrollo productivo del país y que básicamente fue suscrita en el nombre del consumo nacional estéril. Y así fueron pasando los años, unos tras otros, extendiendo el tiempo y queriendo ‘tapar el sol con un dedo’. Venezuela gozó de un nivel de calidad de vida que no le era propio, y no le era propio porque no fue el resultado de un avance progresivo de la estructura productiva y económica nacional, sino que fue el mero disfrute del incremento repentino y súbito de los precios del petróleo en los mercados internacionales, y cuya coyuntura inició su decadencia a partir de la explotación de hidrocarburos esquistos y de la sobreoferta de energía que esa actividad significó para el resto del mundo.
Y si quisiéramos ser optimistas pudiésemos decir que el precio del barril incrementará su valor en los siguientes meses, pero es realmente poco probable que roce la frontera de los cien dólares, dejando también en claro que Venezuela necesita un precio mucho mayor al de cien para lograr equilibrar sus cuentas, y más si se pretende continuar el sendero que dibuja el actual modelo económico. Es tan palpable la decayente situación que el Gobierno nacional ha comenzado a agotar recursos que en el pasado eran impensables, como es el caso de los Derechos Especiales de Giros (DEG) de la partida en el Fondo Monetario Internacional (FMI), las negociaciones del oro monetizado que integran (o integraban en cualquier caso) las Reservas Internacionales del país, y hasta la exigencia de pasivos con los que otras naciones se veían comprometidas respecto a Venezuela, pero que han sido reclamados antes de los periodos de expiración en los que fueron contratados a cambio de una disminución significativa de dichos pasivos (como es el caso de República Dominicana y Uruguay).
Todo pareciese indicar que la economía nacional afronta un reto de morosidad para el próximo año, puesto que hasta la fecha habría que saldar una cantidad superior a los dieciséis millardos de dólares. Es una cantidad nada soslayable, sobre todo si se toma en cuenta el alto nivel al que han llegado las importaciones y la disminución que se ha registrado en los flujos de divisas que ingresan en la economía. Venezuela podría necesitar un prestamista de última instancia si se presentase una situación de posible default en 2016, el cuestionamiento pertinente es si alguien estará dispuesto a auxiliar dada las pocas garantías que ofrecen las actuales circunstancias nacionales.

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