La Genealogía del Ego: Primera parte


El Ser Humano es un error corrigiéndose a sí mismo, con la promesa de que una vez terminada su propia corrección, dejará de ser precisamente humano. Basta con sólo mirar la vocación que mostramos todos por el trabajo mismo, por estar siempre en constante actividad evolutiva y constructora, sin importar la que fuese, pues nos resulta eternamente difícil el permanecer tranquilos, quietos, sin hacer ni decir ni pensar nada –aún en tiempos de ocio–, siempre dispuestos al movimiento y a la transformación. Porque muy en el fondo estamos todos programados para transformarnos, y esto es bastante claro. Y como toda transformación conlleva a una labor, a un trabajo, que es el esfuerzo necesario para el cambio de un estado a otro, nos encontramos siempre en inquietud por una mutación en los aspectos que nos visten en cualquier momento determinado hacia otros que nos satisfagan en mayor medida. Somos de por sí seres incompletos en búsqueda de la plenitud, con un afán aparentemente perpetuo por evolucionarnos hacia entidades cada vez más integrales, cada vez más holísticas y completas. Y en la medida en que vayamos arribando a niveles superiores en esta tarea, que es la tarea humana por excelencia, sentiremos mayores grados de felicidad y de dicha, porque en el fondo estaremos satisfaciendo nuestra verdadera razón de ser.

Por lo que el Hombre es en sí un proceso de transformación, lo que significa el paso de unas condiciones presentes hacia otras futuras, que es lo que define al movimiento. Y en el trascurrir de dicha transformación se nos hace indispensable el abandonamiento de ciertos elementos para la obtención de otros nuevos, más ajustados a las nuevas condiciones, y cuya importancia subyace en las nuevas estructuras que vayamos construyendo. Y en el abandono de tales elementos debemos señalar incluso aquellos que nos han servido de apoyo para llegar al punto en el que nos encontramos hoy, pero los cuáles debemos superar en la continuación de nuestro trayecto, que es el transcurso de nuestra vida, para la consecución de nuestro propio desarrollo y de nuestra propia transformación. Así, hemos sido dotados de herramientas con las que nos hemos alimentado en nuestra evolución, pero de las que comenzamos a sentir la necesidad de hacerlas a un lado con el mismo propósito de seguir progresando en nuestro camino de transformación.

La capacidad de almacenar recuerdos en nuestra memoria provoca serios efectos en nuestro comportamiento -consciente, subconsciente, e inconscientemente- que valen la pena clarificar en la tarea de autocomprensión que llevamos a cabo con nosotros mismos. Un recuerdo es una fotografía que la mente toma del presente, sólo una copia de lo que ocurre, y por lo tanto nunca es el presente mismo. Y es a través de la acumulación continua de recuerdos, en eso a lo que llamamos memoria, desde dónde surge la posibilidad de juicio y/o cuestionamiento que se convierte posteriormente en pensamiento. El pensamiento no es más que el análisis y la interpretación lingüística de la información almacenada por la mente a manera de recuerdos, y cuyos trazos son siempre marcados con base en una interrogante o en un juicio, pues el pensamiento no puede hacer otra cosa distinta a la de preguntar y condenar sobre recuerdos.

Y mientras el pensamiento suele estructurar la plataforma epistemológica con que el Ser Humano organiza la información dentro de la mente –siempre cuestionando y condenando–, se crean las bases estéticas, morales y racionales con que se evalúan todos los elementos almacenados en la memoria. Es decir, es la estructura del pensamiento la que delimita todo lo que entendemos por bello o por feo, que señala al juicio estético; o por malo o por bueno, que delata al juicio moral; o por verdadero o por falso, que es el juicio racional. En tanto, una vez que el pensamiento circunscribe estas formas de juicio, que son siempre estéticas, morales y/o racionales, comienza sobre sí mismo el proceso de identificación personal hacia todo lo que la mente ha percibido. Esto quiere decir que las cosas empíricas, per se, no son ni bellas, ni buenas ni verdaderas, ni tampoco son feas, ni malas ni falsas, sino que siempre dependen de la estructuras cognitivas y paradigmáticas a las que se adhiere la mente misma en la plena actividad del pensamiento, y cuyas delimitaciones van construyendo a la persona, que es esa entidad que se identifica –positiva o negativamente– con dichas experiencias a base de sus delimitaciones estéticas, morales y racionales.

En el reconocimiento de las afinidades con las que el pensamiento se identifica, nace la acepción de un individuo separado del resto, de lo que meramente se denomina “la persona”. “Lo que para mí es bello, bueno o verdadero” lo identifico conmigo, mientras que “lo que para mí resulta feo, malo o falso” entonces lo rechazo –siendo el rechazo una identificación negativa–; por lo que de ahora en adelante hablaremos del “yo” (la persona) como esa entidad que se abre de la totalidad y que se separa del todo, creando una ilusión de disociación lingüística, entre yo y el resto, que no es cosa distinta a la agrupación de elementos con los que el “yo” se identifica a partir de sus paradigmas estéticos, morales y racionales, todos siempre dependientes de los recuerdos que la mente ha almacenado a manera de memoria.

En la medida que las experiencias que el Ser Humano va incorporando a la mente conforme pasa el tiempo –y que se entienda por “experiencias” al recuerdo que la mente guarda del presente en calidad de memoria–, entonces se van agregando elementos con los que el “yo” va comparando y analizando conforme sus estructuras paradigmáticas del juicio y del cuestionamiento, y, por tanto, la idea que se va formando sobre la realidad. Y en la medida en que éstas sean satisfactorias -que significa la compatibilidad de esos elementos en cuanto a las circunscripciones de lo bello, lo bueno y lo verdadero-, la entidad del yo se permitirá sentir placer, mientras que en los casos para los que no se cumpla estas afinidades, entonces se sentirá la abominable emoción de dolor o de sufrimiento que todos ya conocemos. Se abre espacio acá para el surgimiento de otras facultades que con nuestro desarrollo subjetivo hemos acordado en apodarle el nombre de sentimientos y emociones. Y estos sentimientos y emociones, al ser similares al resto de las experiencias en cuanto significan nuevos elementos captados y almacenados por la mente, están también sujetos a juicios y cuestionamientos de índoles estéticas, morales y racionales sobre los cuáles la mente trabaja. Quiere decir esto que para el “yo” existen sentimientos bellos, buenos y verdaderos, así como también los hay feos, malos y falsos.

De este modo, el comportamiento de la mente se divide conforme a dos alternativas: por un lado, y en primera instancia, en la persecución del placer, que son las experiencias “positivas” que engloban a todos aquellos elementos que condenamos como bellos, buenos y verdaderos; y por el otro, y de manera siempre rezagada, en evitar el dolor que se genera a partir de todos aquellos otros que catalogamos como feos, malos o falsos (identificaciones negativas). Es en este preciso punto en el que se origina a la facultad del deseo, que es la misma facultad de la voluntad, pues la voluntad no es más es la búsqueda por la consecución del deseo. El deseo siempre está vinculado con la persecución del placer y con la huida del sufrimiento, y este mecanismo funciona como el axioma del comportamiento para el ego. Por lo tanto, se entendie al ego como el organismo viviente que opera a través de la conjugación de todo este proceso acá descrito, que es el de identificarse con ciertos elementos sacados de la memoria, y que, organizados conforme al sentido de belleza, moralidad y verdad con los que éste se ha ido definiendo a sí mismo, circunscribe los terrenos de placer y de dolor sobre los que haya su razón de ser. El comportamiento egoísta es, entonces, el resultado de la aplicación de la voluntad proveniente del deseo, que es el “ánimo” que sentimos de estar siempre rodeados de aquellas experiencias placenteras, y alejados de aquellas otras dolorosas y sufridas.

Sin embargo, no se debe perder nunca de vista que dicho ego siempre trabaja sobre el cúmulo de recuerdos que construye la memoria y nunca se mantiene presente, pues ni el pensamiento ni la mente cuentan con la capacidad de maniobrar sobre lo que ocurre en la actualidad, sobre lo que pasa durante la vigencia. Sólo la consciencia, entendida como capacidad de aprehensión pura –lo que significa meramente el “darse cuenta” de la realidad; de observarla y contemplarla como actividad originaria y precedente al pensamiento–, cuenta con la facultad de operar sobre lo que acontece durante el presente, sobre lo que ocurre realmente. El ego es, en tanto, un organismo que se alimenta del pasado, del recuerdo almacenado en la memoria, y que con base en dicho recuerdo entonces se proyecta hacia el futuro. Consecuentemente, el ego no existe en términos reales porque nunca está presente –pues no es más que una idealización del yo, un parásito de la mente que vive del pasado proyectándose constantemente hacia el futuro–, mientras que la consciencia, distinta del “yo”, se conecta directamente con el presente –con lo que existe verdaderamente–, y en tanto escapa del ámbito de la mente y del pensamiento.

La transformación humana tiene que ver, por lo tanto, con la transmutación de la actividad del pensamiento –apoyada en la memoria y en los recuerdos de la mente– hacia la actividad de la consciencia pura, capaz de alienarse con la totalidad cósmica de la existencia, derrumbando las paredes cognitivas con las que el “yo” y el pensamiento egoísta han dividido a la totalidad de la vida y del cosmos, basados en la absurda identificación subjetiva con la que la persona produce placer y dolor para sí misma, mientras ignora su conexión con la unicidad holística que representa la eterna realidad con la que se define el ser.

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