Publicado por el Diario El Mundo Economía y Negocios 05 jul 2016, Caracas . Venezuela.
La historia ha sido lo suficientemente enfática al demostrar los verdaderos factores de los que depende el desarrollo social y económico de cualquier sociedad. Han existido civilizaciones y naciones enteras que han gozado de grandes cúmulos de riqueza material, ya sea por las vicisitudes favorables que arroja el destino mismo o ya sea porque se han valido de artificios históricos que trae la mera casualidad y coincidencia de los hechos, pero que a la larga terminan perdiendo todo, envolviendo a su gente en la más mísera pobreza. Así también han existido sociedades tan desprovistas de herramientas económicas, con poco territorio geográfico, y sin casi ninguna ventaja que aporte al desarrollo y sin embargo han logrado altos niveles de estándares de vida para sus habitantes, y han madurado sus instituciones hasta producir cada vez mejores resultados y mejores condiciones en general.
Y es que la clave para el desarrollo nunca ha sido la riqueza material que pueda brindar un período determinado, ni la ventaja que otorga el ostentar cúmulos de bienes naturales como oro, diamantes o petróleo dentro de las fronteras nacionales. El secreto del éxito siempre ha sido el avance cultural y cognitivo con el que se valen esas sociedades al momento de resolver los problemas que se les presentan. La verdadera riqueza de una nación no es la cantidad de bienes que se acumulen en ella, sino la maravillosa capacidad de transformar las condiciones en pro del desarrollo de su gente, en pro del bienestar general para todos, siempre en alianza con el conocimiento y con la buena cultura.
Y así Venezuela se fue enriqueciendo, cada año agregando conocimientos y valores culturales que fueron tejiendo la red productiva y generadora de bienestar desde que comenzó la primera república hasta nuestros días. Gente que fue aprendiendo a vivir con las formas y maneras venezolanas. A alimentarse como venezolanos, a edificar y a cantar como tales, a trabajar y a disfrutar del tiempo libre como venezolanos, con comportamientos bastante autóctonos y con costumbres bastante genuinas de convivir en el país, pues nadie podría conocer mejor las playas que dan hacia el caribe ni las llanuras que se guardan en el interior mejor que los que habitan en ellas, los que las viven en cualquier estación del año y en cada época que ha abarcado al menos los últimos dos centenarios de su historia, por no querer ir aún más atrás.
Y es que tampoco se trata de introducirnos en una diatriba chovinista, o de un mero canto con tinte nacionalista. Se trata de que los geólogos que aprendieron geología en Venezuela, la aprendieron sobre el suelo nacional y por lo tanto conocen bien su superficie. Los petroleros que se hicieron ingenieros fueron educados con los ejemplos de la faja del Orinoco y de los hidrocarburos que subyacen debajo del lago de Maracaibo. Como también los gastrónomos que tuvieron que desarrollar las técnicas culinarias a partir de los alimentos que produce la tierra venezolana. Todo ese arsenal técnico y productivo ha sido especializado sobre las condiciones que están presente en el país, y se deben a ellas y no a otras.
En la actualidad, y luego que comenzaran a generarse las pésimas políticas de Estado que han llevado a la peor crisis económica, política y social de la historia venezolana, muchos de estos profesionales, que han sido educados para desarrollar el país, se han sentido obligados a abandonar la nación. Cada vez se hace más difícil vivir en Venezuela, porque cada vez se obstaculiza más cumplir con los requerimientos básicos para la vida dentro del país. Cosas tan prioritarias como alimentos y medicinas, tan necesarias como seguridad ciudadana y la salubridad en general, tan originarias como las habitaciones residenciales y los recintos educativos, se tornan todos los días más escasas y más anheladas por el conjunto de la población.
De manera que se ha producido una diáspora nacional, un éxodo que aleja a un gran número de venezolanos, capacitados y profesionalizados, de su país y los arroja a los brazos del mundo exterior. Un número de técnicos y trabajadores, estudiantes y conocedores que en busca de la simple satisfacción de sus vidas buscan afuera lo que el país no puede ofrecerles internamente, que no es más que las condiciones básicas pero suficientes para llevar una vida digna. Esa desesperanza generalizada ha deshecho el empeño y el esfuerzo con el que durante décadas se construyó una comunidad de profesionales y técnicos tan necesarios para el avance y el desarrollo de la economía y de la sociedad. Ahora son esos mismos los que están ayudando a otros países a establecer mejores instituciones y más eficientes. Son esas mismas personas las que están trabajando a favor de los intereses de otras naciones alrededor del mundo, distintas a Venezuela.
El factor clave para el desarrollo, tal y como he señalado en párrafos anteriores, que es el conocimiento y la capacitación de la población misma para afrontar los problemas que enfrenta su sociedad, en Venezuela se está perdiendo. Y aunque resulta muy fácil situar al responsable de esta situación, que no es otro que el Gobierno nacional y su corrupción pauperizadora, es momento de medir las consecuencias económicas que traerá esta pérdida dentro del corto y mediano plazo, pues costará reponer el valioso capital humano que hasta ahora se ha perdido y se sigue perdiendo.

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