Todo conocimiento verdadero, desvinculado del error, debe siempre partir de la compresión de lo que Uno mismo es realmente. Y la Humanidad, en toda su historia y cuya génesis se acostumbra a marcar desde hace unos doscientos mil años aproximadamente, pero que sin duda abarca períodos que se pierden en la mismísima noche de los tiempos, ha puesto hasta ahora la mayoría de su esfuerzo en intentar comprender al Universo partiendo siempre de lo que está afuera de sí misma, exotéricamente, desde el mundo exterior, desde lo manifestado, desde lo creado, desde lo expuesto, en una visión siempre empirista y objetivista que ha mantenido en vicio al pensamiento cognitivo de la especie, y que aun hasta los presentes días se vierte como la justa medida de las cosas, pues es el pensamiento positivista, aposteriori, cientificista y empirista, el santo más ofrendado en el altar de la sociedad actual, en la que el pensamiento inductivo y la lógica materialista roban las almas de casi la totalidad de la población del planeta, dejando poco espacio para el entendimiento de la esfera metafísica y espiritual del Hombre y del Cosmos, que igualmente cumplen su respectiva importancia en la explicación del todo.
Solo algunos pocos, verdaderamente muy pocos, son los que a lo largo de todo este camino histórico han mantenido la nitidez y la cordura menesteres para la verdadera comprensión del Cosmos en su totalidad, en el que la Humanidad no es más que sólo una minúscula parte, ¡y bastante reducida!, distinto a como suele entenderlo el homocentrismo que se propone sobre todo desde el discurso de la ciencia fáctica actual, y desde la concepción materialista de la vida con la que el Ser Humano de hoy se encuentra tan acostumbrado y tan profundamente identificado.
Son esos mismos pocos los que a lo largo del tiempo han ido iluminando los caminos por los que la Humanidad ha logrado su evolución real. Pues el verdadero progreso no es nunca el material, ni mucho menos, y aun y cuando muchas veces este último sea el reflejo del verdadero. El progreso verdadero es el avance en el camino (si es que de verdad se pudiese hablar de la existencia de uno) hacia la maduración completa de la comprensión y del entendimiento de todo esto a lo que Uno llama la existencia, y que por cierto pareciera tener mucho más que ver con lo que Uno mismo realmente es, que con la concepción de un Universo independiente y de por sí solo existente del que tanto se acostumbra hablar en las conferencias de la ciencia moderna, y que se mantiene presente con suficiente frecuencia en las bases de cualquier argumentación que se haga desde la lógica de la sociedad contemporánea.
Lo de distinguible importancia refiere, en tanto, y primero y antes que nada, a la comprensión y el entendimiento de lo que Uno mismo es, pues Uno debe partir de lo que realmente es al momento de intentar construir la verdadera definición del mundo que lo rodea, que es la existencia, o más propiamente hablando: el Ser. Sólo conociéndose Uno mismo se llegará conocer al Ser. Y sólo partiendo de Uno mismo, se podrá descubrir entonces de lo que se trata esta epopeya a la que se le ha puesto el nombre de “vida”, y cuya experiencia estoy aparentemente condenado a presenciar hasta el último de los días, si es que realmente existe el fin.
¿Quién soy “Yo”?
Para esta tarea, que es la de investigar lo que realmente soy, seguiré un método bastante básico, pero de igual manera bastante prudente. Sobre todo, porque en sí comprendo dos labores. La primera es la de eliminar las sombras de la mala comprensión sobre todo lo que “yo” soy. Y sólo luego de saber todo lo que no soy, entonces estaré “yo” autorizado a saber lo que sí soy.
Comienzo por decir que mi verdadera naturaleza es la que siempre queda conmigo, pese a lo que pase. De manera que puedo prescindir de todo el resto. Todo aquello que me acompañe en la definición sobre mí mismo, pero que en sí sea de igual forma evitable y desvinculable de mi ser, oscurece la verdad de lo que “yo” soy, y en tanto, de lo que estoy investigando. No son más que ropas con las que me visto para lucir mejor, pero que nunca lograrán dar una definición certera de lo que verdaderamente es mi Ser. Mi ser es aquel del que no puedo nunca prescindir, pues si prescindiera “yo” de él, entonces me aniquilaría “yo” mismo, eliminando así mi propia existencia. Soy lo que soy justo porque sin eso que me hace ser quién soy entonces ya no podría ser nunca más, y es precisamente eso lo que necesito encontrar y antes que todo.
¿Soy mi nombre?, ¿el sustantivo con el que se suelen referir a mí? Y claramente no, pues si hoy desechara mi nombre, o si adoptara algún otro, continuaría aun así existiendo, y por lo tanto continuaría siendo. ¿Soy mis identificaciones?, ya sean estas religiosas, ideológicas, nacionalistas, lingüísticas, sexistas, etc. Si afirmo que soy de una o tal nacionalidad, o si de momento la cambio por otra con la que me sienta más cómodo, ¿sigo existiendo y por lo tanto siendo? ¡Obviamente que sí! Y si entonces cambio mi religión por la de algún otro credo, ¿continúa mi ser siendo lo que es?; si hoy soy angloparlante, y mañana me vuelvo francófono, ¿qué ocurre conmigo?, ¿con mi existencia?
Es claro que no puedo identificar a mi verdadero Ser con temporalidades discontinuas, con cosas prescindibles, puesto que lo que me interesa es hallar eso que se queda conmigo hasta el final. Todas esas otras cosas que no lo hacen habitan fuera de mi verdadera definición. Así que no puedo ser ningún concepto. No soy venezolano, ni argentino tampoco. No soy cristiano, ni mucho menos comunista, ni hispanohablante, ni hombre, ni joven, ni longevo. Tampoco me puedo definir como vegetariano, ni como carpintero, ni bajo cualquier otro concepto que intente arropar en forma de sistema a todo lo que hago, lo que digo, lo que pienso… Nada de eso puedo “yo” ser.
Pertinente también es el darme cuenta de que no soy, ni de la misma manera, “mi” cuerpo. Pues “mi” cuerpo está en constante cambio. Y gran parte de las células que conformaron “mi” cuerpo de ayer, ya no están más conmigo hoy, y en su lugar hay otras nuevas que antes no existían. Y en aquellos casos en los que pierdo parte de “mi” cuerpo, yo continúo mi existencia, la traigo siempre conmigo, aun mostrando cuerpos diferentes o incompletos. Hay algo que siempre permanece, y ese algo consecuentemente no es el cuerpo desde el que “yo” encarno mis acciones ni mis actividades, sean estas de las índoles que sean.
¿Y mi cerebro? ¿Está referida mi existencia a este pedazo de materia gris que llevo protegido debajo de la caja ósea que esconde mi cabeza? Tampoco pudiera “yo” identificarme con el epicentro de “mi” actividad neuronal, pues si mantuviera “yo” el mismo órgano (cerebro), pero cambiando la serie de recuerdos y de historias que se han arrojado sobre él y en calidad de memoria por otras nuevas y desde el principio de “mi” recuerdo, entonces el “individuo” que ahora habitara la vieja caja neuronal fuese “alguien” distinto, independientemente de que esté puesto sobre el mismo pedazo de materia gris encargado de las funciones nuero-nerviosas del cuerpo. Y aun así continuase “yo” mi existencia, con una nueva personalidad y con una nueva historia, pero con la misma facultad de ser y de existir plenamente. Porque el cerebro sólo distribuye los impulsos electromagnéticos del cuerpo, y ¡nunca más que eso!
Ya a este punto comienza a hacerse visible “mi” verdadera naturaleza. Pues lo que permanece inmóvil, siempre sin cambio, resguardado e intocable, no es ninguna de estas cosas que hasta ahora he mencionado. No son “mis” ideas, “mis” aficiones ni tampoco los componentes carnales o biológicos que complementan “mi” cuerpo. Se trata, mi verdadera esencia, de la mera capacidad de enterarme de todo eso que “me” pasa. La facultad de conscientizar todo lo que ocurre en “mí”. Esa peculiar habilidad de estar presente, y por lo tanto de presenciar todo lo que puedo afirmar que existe; ese observador callado, que no se deja influir ni tocar por nada en absoluto, pues pasa desapercibido siempre por la moral, por la voz que emite el juicio del pensamiento, o por “mis” ideas estéticas… en fin, por todo cuanto sea diferente de ella misma pero mientras siendo expresado sólo en ella misma, en su más simple presentación, eso justamente es lo que con solemnidad puedo llamar mi Ser, mi verdadera identificación.
¡Soy consciencia primeramente y antes que todo!
El siguiente paso será desechar de inmediato todo lo que sobre y reste de ello, pues con nada de ello puedo “yo” jamás identificarme.
Dios y Demiurgo: el Uno y el otro
Por lo que se manifiestan dos entidades distintas, y ambas se revindican la identificación de “mi” ser. A una la denominaré “identificación falsa”, y a la otra la llamaré el “Ser”, así sin apellidos.
La primera es la que en ortodoxia hoy por hoy rige al mundo en el que estoy involucrado. Es esa que se viste de características y de propiedades, o lo que es lo mismo decir, se suma escapulario y se agrega pertenencias. Y mientras más características se sume y se muestre para sí misma, pues más desarrollada y mayormente alimentada será dicha entidad. De tal modo que esta entidad está todo el tiempo adquiriendo, haciéndose grande, enorme, cada vez con más elementos, y cada vez con superiores niveles de sofisticación, y, por lo tanto, de características más complejas, más elaboradas, más precisas, y más llamativas. Puesto que su existencia justamente depende de eso, de caracterizarse o de sumarse características y propiedades. Y en el momento en el que no lo haga más, entonces se interrumpirá su existencia.
Se trata en sí de “mi” personalidad. Entendiendo por personalidad al alma misma, o al conjunto de identificaciones con las que se ha vestido “mi” falso Ser. Y así a veces se junta la religión con la ideología, en aquél que decide identificarse como cristiano y socialista, y entonces se autonombra como un “socialcristiano”. Mientras que también los hay gordos italianos, o vírgenes musulmanas. Hay otros más petulantes que se llaman a sí mismos ricos e inteligentes. Conseguimos, también empero, y en el otro extremo a aquellos que con muy poca autoestima se definen a sí mismos como desgraciados ignorantes. Los hay ingenieros, economistas, vagabundos, y también psicópatas, mártires o atletas. En fin, un núcleo lleno de nada y reflejo de nada, pero vistiendo características nacionales, religiosas, profesionales, etc., con las que forma su personalidad.
Lo importante a este punto es enterarme que todas esas personalidades tienen algo en común, y es que están todas separadas del resto. No del resto de las otras personalidades –y que en sí suman lo que conocemos bajo el nombre de Humanidad–, ni tampoco separadas del resto de las otras especies. Cuando se habla de que están separadas, refiero a estar separadas del resto de la existencia. Y este es el punto clave con el que puedo discernir entre los dos tipos de identificaciones: la verdadera y la falsa.
Porque al separarme del resto, he creado un cubículo propio y solamente conocido por mí y por nadie más. Es “mi” espacio, y dentro de él vierto todo lo que cae dentro del círculo perimétrico al que llamo “Yo”, y que en sí lo he formado con las cosas con las que a lo largo del tiempo me he identificado personalmente. Se trata de un perímetro imaginario con el que he delimitado las cosas que “me gustan” y las que “no me gustan”, apartadas siempre del resto que no conozco aun, y que en sí son las identificaciones positivas y negativas con las que he vestido “mi personalidad” y que he ido recogiendo a lo largo del trayecto histórico de “mi” vida. Así, “mi” circulo puede mostrar características que suelo confundir conmigo mismo, y que vienen de las distintas índoles con las que “mi” pensamiento cataloga a las cosas que va conociendo a lo largo de su periplo histórico. Es decir, soy herrero, hispanoparlante, asiático, hombre, vegano, pardo, etc. Y esa podría ser muy fácilmente “mi” identificación falsa.
Lo relevante es que está presente siempre dentro de la lógica de esta entidad, la separación del falso individuo con respecto al resto de la existencia: “Yo soy esto y lo otro es aquello”. Justo allí nace una entidad que vive a las sombras de la consciencia, pues la consciencia es siempre holística, completa y plena. En ella no hay separación, todo es una unidad, un organismo indiferenciado, viviente sólo en armonía y en totalidad, sin nada que se divorcie de la estructura que suma a la unicidad de lo que existe, y por consecuencia de todo lo que es: del Ser.
Pero quién se separa siempre origina un vacío, que es el vacío que se genera de la incompletud innatural de la consciencia, justo porque se separó del resto de la existencia (pues es la consciencia la totalidad de todo lo que pasa y de todo lo que acontece, y por ende de todo lo que existe). Aquella entidad que circunscribe el perímetro de su personalidad, obligatoriamente está obligada a sentir ese sentimiento de estar incompleto, de carecer de algo. ¡Pues en efecto está incompleto!, dado que ha decidido ser sólo una parte del todo y en tanto siempre lo será, que es la parte que ha escogido y ha definido como él mismo, i.e., su “Yo” personal. Toda vez le faltará el resto. Y es este sentimiento de vacío e incompletud la que produce las sensaciones de depresión y de sufrimiento, de manera directa, pues justo representa al alma desintegrada de la totalidad, a la gota de agua que ahora añora volver ser el océano que una vez fue.
Ese añorar se convierte en deseo, y el deseo insatisfecho engendra dolor. Y aun cumpliendo la serie de deseos que más próximamente me llegan, sus sensaciones de satisfacción son tan fugaces y efímeras, que casi inmediatamente surgen nuevos deseos insatisfechos, y consecuentemente se originan nuevos sufrimientos. Porque el falso “yo” siempre estará incompleto. Porque aun incrementando el tamaño del perímetro con el que se forma su personalidad, añadiendo nuevas características y nuevos elementos, nuevos conocimiento y nuevas memorias, seguirá siendo en todo momento una entidad incompleta, desdeñada por la totalidad que representa la verdadera existencia. La identificación falsa está condenada al fracaso y a la agonía, y al dolor y al sufrimiento, y así será durante los siglos que formen a los siglos de los siglos ¡y que así se haga!
Mente y Consciencia
Cabe ahora preguntarme sobre el mecanismo bajo el cual he creado al “yo”. Y para comenzar, diré que todo tiene su origen en el surgimiento de la mente yoificada, y por lo tanto vuelta memoria. Afuera de “mí” existe un Cosmos entero, clamando por ser descubierto y conscientizado, pues de otra manera no pudiese nunca existir… ¿existe el sonido allá en dónde no haya oídos que escuchen? ¿Existe el “color”, la “textura” o el “tamaño” en aquellos espacios dónde nadie observa?
La Consciencia, como mera capacidad de percepción, va recorriendo al Cosmos en su labor de simple observación. De esta observación, surgen afinidades o repulsiones de entidades que se van formando como la combinación de distintos de los elementos cósmicos que se van abriendo el paso a través de dicha observación. Es decir, del deseo por existir y perpetuase en el campo de la consciencia –y por lo tanto de ser– de algunos de los elementos que cobran vida bajo la observación.
Esos elementos están cada vez afuera del ámbito de la consciencia, y mientras están afuera entonces no existen, puesto que es la consciencia el origen de la existencia. No puede algo existir si no existe el terreno sobre el cual éste pueda emerger, y ese terreno es puntualmente el de la consciencia, y justo en esta condición es que recae su enorme y abrumador poder. El cosmos entero necesita y depende de la consciencia para poder entrar al contexto de la existencia, de cualquier otra manera todo aquello caerá bajo la circunscripción de la nada, salvando el caso de que la nada misma es un concepto entendible sólo porque “me” hago consciente de él.
Así la mente es el espejo de la consciencia a escala minúscula. La mente posee también la capacidad de percepción y de presencia que cumple la consciencia, sólo con la diferencia de que la consciencia es referible a lo macro, puesto que es llana, completa, holística y unificada. Hablo de mente cuando la percepción sea separada, incompleta, reducida y parcial.
Lo importante es enterarme de que la mente no es más que una antena, pues su función es la de la percepción y no la de la producción. Por lo tanto, caigo en error cuando afirmo enunciados tales como: “mi pensamiento es que…”, “yo pienso que…”, “creé un sentimiento de…”, etc. Este punto acá citado es transformador, porque hace ver que todo aquello metafísico tampoco es “mi” esencia. Porque transforma la concepción que tengo de lo que en sí es “mi” mente. “Mi” mente deja de ser el centro creativo de “mi” pensamiento y sentimiento, deseo y emoción, para ser no más que una antena que percibe a los pensamientos y sentimientos, deseos y emociones que ya existen y que están fuera de “mí mismo", tejiendo el entramado del cosmos.
Cuando miro un árbol, lo percibo con “mi” vista. Pero “mi” vista es parte de la percepción también, por lo que no es más que otro eslabón del proceso, que es el proceso que comienza con el árbol y termina con “mi” mente. Es "mi" mente el otro extremo del proceso, pues es la entidad que percibe la forma y el tiempo del árbol. Y esto es fácil entenderlo con las cosas materiales, pero cuando el asunto atañe a los pensamientos que percibo, entonces me confundo, y he llegado a creer que los pensamientos tienen origen en “mi” mente, mas nunca me enteré de que los pensamientos estaban ya en el lugar y también en el tiempo, allá afuera de “mi” mente; “mi” mente sólo los ha percibido en condición de antena, nunca los creó en función de manufacturación.
De aquí en adelante toda clase de “patente” queda desvinculada de lo prudente.
No existe tal cosa como “mi” idea, pues si fuese mía entonces no pudiera jamás ser percibida por ninguna otra mente. Pero la idea de que dos sumado a dos son cuatro, está allí en el aire de la lógica y de la razón, en el espíritu de la matemática. No puedo afirmar, en ninguna de las veces, que esa idea es “mi” propiedad, o lo que es lo mismo, que la idea se agote en “mí” y yo en ella, excluyentemente. Pero sí puedo captarla, aprehenderla, presenciarla, y en su momento saberla, al igual que cualquier otra antena metafísica (mente).
Lo mismo ocurre con las emociones y con los deseos. Comúnmente confundo a estos elementos cósmicos como de “mi” creación. Por lo tanto, es “mi” sed, “mi” hambre, “mi” tristeza, “mi” sorpresa, pero también “mis” ganas, “mis” voluntades y “mis” deseos, como si los hubiera realmente producido "yo". La situación verdadera parece ser distante de esta concepción, pues aparentemente las emociones y los deseos están vinculadas al mundo externo de “mi” mente (por decirlo de alguna manera), y no son originales de mi actividad mental.
Porque la mente no crea en calidad de centro productivo.
Porque la mente sólo percibe en función de una antena.
Porque la mente es el espejo a escala menor con el que la consciencia se mira el rostro.
El surgimiento del ego
Y si todo lo que pasa por “mi” mente no se origina en “mí”, entonces ¿de dónde proviene?
El ego es la entidad que se identifica con las experiencias. En sí, es el ego el arquitecto de la ilusión de un “yo” separado del resto. Porque es el ego, antes que todo, una máquina falsificadora. Y así copia y falsifica a los pedazos del cosmos que atraviesan el campo de la consciencia (o de la mente, a nivel microcosmológico), convirtiéndolos en memoria y recuerdo. Pues es la memoria el resultado de la identificación que la entidad egoísta ha hecho a través de la historia del recorrido de la consciencia. Porque sencillamente no puede ocurrir el recuerdo si previamente no me he identificado –positiva o negativamente– con eso que recuerdo.
De manera que recuerdo sólo aquello que me ha parecido placentero o doloroso, dado que son, el placer y el dolor, las dos identificaciones por excelencia del ego, así como los dos axiomas fundamentales a los que se adscriben todas y cada una de sus actividades, bajo la clásica premisa de “perseguir todo el placer posible” a la vez de “evitar todo el dolor que pueda”. El resto, sólo lo guardo en la enorme caja sin fondo al que los psicoanalistas les gusta llamar el “subconsciente”, que es la parte cubierta e inexplorada de la mente aun por el “yo”.
Porque placer y dolor son dos grandes recintos o perímetros –siempre imaginarios– con los que la mente egoizada va clasificando a todas aquellas experiencias que se permite percibir a lo largo de su recorrido presencial. Placer y dolor son dos ramificaciones que se desprenden de una misma acción, que es la acción de emitir juicios, y quién los emite no es ninguna entidad distinta que la persona, refiriéndome en sí al ego proveniente siempre de la mente separada y separatista, pues es la mente el suelo fértil dónde el ego nace, crece y se expande; también es el lugar donde éste muere.
El ego cuenta con la facultad de emitir juicios sobre las experiencias con las que se va actualizando en su recorrido histórico particular. Estos juicios siempre serán referidos a tres modalidades o índoles que muy claramente podemos describir como estéticos, morales y racionales.
Los juicios estéticos tienen que ver con el discernimiento que el ego se precisa al diferenciar entre lo que es bello y lo que es feo. Mientras que los juicios morales cumplen un mayor sentido en cuanto a lo que es bueno y lo que es malo, siempre desde la perspectiva relativa del ego ilusorio y separatista. Los juicios racionales van más dirigidos a condenar la diferencia de lo que resulta verdadero de lo que es falso.
El ego no podrá nunca engendrar una acción distinta a la de emitir cuestionamientos a los que les continúan los juicios o condenas sobre las experiencias que atraviesan por su ámbito. Preguntar y condenar es el terreno reducido y pobre del ego, pues no tiene ninguna capacidad extra para expresarse de manera distinta a estas dos y dentro de esas tres índoles (belleza, moralidad y razón).
Y toda vez que la mente egoizada condene algo que le refiera a lo bello, lo bueno o lo verdadero, entonces advertirá sentir placer, mientras que, y en dirección opuesta, todas aquellas veces que lo determine como feo, malo o falso, entonces le imprimirá el sentido de dolor o sufrimiento. Porque el ego siempre desea el placer, y nunca el sufrimiento, y sólo así sabe comportarse –de manera egoista–, y de ninguna otra forma.
Pero si levantara "yo" a esos dos grandes perímetros de placer y de sufrimiento, que en sí son, y de igual manera, circunscripciones imaginarias, notaría “yo” que lo que realmente existe son experiencias (elementos cósmicos), y no más que eso. Por lo que los conceptos estéticos, morales y racionales son meramente ilusorios y relativos, y no tienen existencia propia más que por la imposición de las fronteras con los que la mente egoizada ha ido agrupando a la serie de experiencias que ha almacenado en su memoria –toda vez mediante el proceso de identificación egoísta–, asimilándolas como de su propiedad sin percatarse que esas experiencias están allí, afuera de ella, sin necesidad de tales circunscripciones egoístas.
Porque lo que hoy es placentero, mañana podría ser doloroso. Y lo que hoy genera sufrimiento, mañana podrá del mismo modo representar placer. Porque estos conceptos no refieren ni siquiera a sensaciones. Son sólo agrupaciones deliberadas y constituyentes de un constructo imaginario como lo es el ego, la persona o el alma individual. Si revisara “yo” con mayor detenimiento, diera cuenta de que las sensaciones que encierra el placer son cambiantes y de distintas naturalezas. Igual las que caen bajo el manto del sufrimiento.
Comer con hambre, usualmente lo relaciono con placer. Pero la sensación que me provee la actividad de comer hambriento es muy distinta a la que me genera el dormir soñoliento. No son lo mismo ni se sienten como lo mismo, ¡nunca!, y sin embargo, a ambos los cobijo bajo el mismo recinto, que es el recinto de lo que llamo placer. Y de igual manera, la sensación de sufrir una traición amistosa, que me genera dolor, difiere en todo sentido de la sensación de la culpa –cuando la suelo sentir– por algún acto mal cometido (¿para quién?), mientras que ambas las encierro bajo el mismo supuesto de sufrimiento.
Entonces noto que placer y dolor no existen per se, pues son en todo momento tan someros, tan imprecisos, tan relativos, tan dependientes, tan modificables… que siempre dependen de lo que entienda por lo estético, lo moral y lo racional. Y si cambiasen mis escalas estéticas, morales y racionales, como sin duda ya han cambiado en gran cantidad de oportunidades en el pasado, también se modificarán entonces los perímetros dentro de los que selecciono como las sensaciones placenteras y dolorosas, como también me ha ocurrido en la vida.
Noto también que todo este cuadro, creado por la acción del ego sobre los recuerdos que la mente ha almacenado en condición de memoria, ha sido siempre, es, y continuará siendo cada y toda vez imaginario e ilusorio, pues ese cúmulo de recuerdos con los que se abastece la memoria, son realmente proyecciones hechas por la mente concernientes a los elementos y factores externos a ella que forman el completo entramado del Universo, y que existen por sí mismas aun prescindiendo de cualquier rastro de memoria y de cualquier tipo de identificación para su existencia.
Por lo que el ego no es más que un parásito de la consciencia, puesto que la segunda puede perfectamente existir prescindiendo de él, mientras que éste no podría jamás continuar sus actividades sin el terreno fértil y creativo que despliega la expansión de la consciencia. El ego es el parásito que se alimenta de la memoria, o del pasado, de lo que al mismo tiempo es el pretérito de lo que realmente es y acontece: la realidad, siempre en el ámbito del presente e inalcanzable por el recuerdo.
Por una ontología holística de la Humanidad
Queda entonces claro el porqué del sufrimiento humano:
1. La identificación (apego budista) con el que el ego crea la figura del “yo”, separa y circunscribe ciertos elementos cósmicos (pedazos de materia, ideologías, religiones, géneros, profesiones, etc.) dentro de un espacio imaginario al que denomina “yo mismo”. Esta separación no resuelve el conflicto que se origina de la escisión de la Unidad Cósmica en dos partes: yo y el otro, de donde se origina un sentimiento de incompletud y vacío, desprendimiento e insuficiencia del que se engendra la insatisfacción general que caracteriza al sufrimiento. Esta condición será siempre irresoluble para el “yo”.
2. El “sufrimiento” es el resultado del recinto de elementos cósmicos a los cuales juzgo como feos, malos o falsos, mientras que el placer es la proyección de aquellos otros a los que condeno como bellos, buenos o verdaderos. Todo este proceso es mental y por lo tanto nunca objetivo. En consecuencia, estos dos grandes perímetros elementales son producto de las identificaciones ilusorias con las que se viste el ego (nacionalismo: Todo lo que no sea español me genera dolor, porque estoy identificado con el concepto de España. Sexismo: Todo lo que no sea machista me hace sufrir (incluso el dolor mismo), porque estoy identificado con la figura del macho, etc.).
3. De la misma manera en que la dualidad mental siempre expresa un concepto como contrario de otro (y así no se podría pensar la nada sin la idea del todo, o el calor sin la idea del frío, o la forma sin la existencia del fondo, etc.), el placer –que es el axioma del comportamiento egoísta por antonomasia– sólo puede existir tras la representación del dolor. Y justamente es placentero porque no es doloroso, por lo que todo aquello doloroso jamás podrá ser placentero. De modo que la misma actividad del ego per se, que es la de la búsqueda de placer, trae inexorablemente la presencia de períodos de sufrimiento; y en esos períodos en los que el ego descansa del sufrimiento son precisamente en los que se permite sentir placer. El placer es, en todo caso por ende y por definición, el alivio del dolor, en tanto que se necesita como requerimiento base la existencia de dolor para la explotación de placer, ergo, caer en el juego de la búsqueda de placer significa, eneludiblemente, sufrir.
La pregunta ahora es si esto sólo me está pasando a mí o si es algo generalizado en la mente de todos los de mi especie. O lo que es lo mismo: son muchas mentes separadas conviviendo a manera de sociedad, o si esto se trata de una sola mente que se interconecta a través del reflejo de la materia, pero que en sí sigue siendo solamente una: la mente Humana.
El contenido de la consciencia
Si no existe un “yo” que se diferencie de la experiencia, entonces ¿cómo es que la experiencia se hace percibible?
¡Esta es la pregunta que entra ahora en cuestión!
La consciencia luce como el observador que se divorcia de lo observado, y entonces crea la ilusión de la dualidad entre consciencia y realidad, que es lo mismo, entre el experimentador y lo experimentado, testigo y acontecimiento. De tal forma que se crean las condiciones lingüísticas para el surgimiento del “yo”. “Yo percibo aquello que está fuera de mí y que por lo tanto no soy yo”. De manera que hay algo que no está concebido en “mi” ser, y a ese algo me aproximo en calidad de experimentador, en tanto “yo pienso…”, “yo siento…”, “yo tengo…”.
Sin embargo, al examinar más de cerca la situación, encuentro que nunca soy "yo" el observador, sino lo observado mismo. ¡Y es tan claro esto!
Porque cuando “yo siento calor”, no hay un “yo” que verdaderamente sienta. Es el calor siendo y expresándose en su propia naturaleza lo que se siente en el marco de la realidad i.e., es el calor manifestándose dentro de la totalidad del cosmos.
Cuando por ejemplo digo: “yo siento ira”, me doy cuenta de que soy la ira misma tomando espacio en la existencia. La ira hunde sus raíces en el ser sólo después que entra en el campo de la consciencia, afirmándose como existente, y en dicha afirmación de que ella es, trae consigo misma el pensamiento del “yo” junto con ella, pues en efecto ella es el “yo” verificándose en el terreno de lo real. Porque el “yo”, como observador, es siempre ilusorio, y es incapaz de sentir dado a su inexistencia per se. La ilusión del “yo”, como observador, se genera por la discontinuidad de la presencia de la ira dentro del contexto de la consciencia, como si hubiese algo que la experimentara y luego la superara una vez llegado el tiempo de su culminación; a ese “algo” es lo que refiero como “yo”. Es decir, si el sentimiento de ira fuese continuo y único en el espacio y en el tiempo, o lo que es lo mismo: perpetuo y despótico, diera mayor cuenta de que “yo” soy ella misma, puesto que con su permanencia se hiciera más visible su encarnación en la experiencia a la que “yo” sirvo de receptor, pero cuya aprehensión sería siempre la misma: la ira.
La confusión se origina una vez que su experiencia se termina y comienza otra de distinta índole, como por ejemplo la tristeza. Al momento que la tristeza interrumpe al proceso de expresión (y no aprehensión) de la ira, entonces se crea una sensación de una entidad que “experimenta” experiencias, pues a coalición traigo el hecho de que no puedo “yo” jamás ser aquello que no queda conmigo hasta el final.
Y en efecto, ¡no lo soy! O, dicho de otra manera: soy la ira, pero también soy la tristeza una vez que desaparece la primera y cede el terreno de la existencia a la segunda, porque en sí soy todo el entramado cósmico que comprende tanto a la ira como a la tristeza, en lugar y tiempo distintos, y también durante expresiones distintas, pero siempre existiendo, siempre siendo. Yo soy el siendo, por lo tanto, soy el verbo, que es lo mismo decir, soy toda acción de lo que realmente acontece. Porque la completud de la totalidad existencial, a la que a algunos les gusta llamar Cosmos, pero que a otros les cabe más el sustantivo de Dios, lo comprende todo, en una pintura sin bordes y por lo tanto sin fin alguno en cuanto a la cantidad y a la complejidad de todos los elementos que la componen. Porque lo manifestado es finito y reducido, pero solo es una cara de la moneda. Porque el otro rostro es justo todo aquello que es inmanifestado, que es la potencialidad pura de lo infinito, y esto último es algo que la mente dualista jamás podrá comprender, por lo que la mente sólo se aboca al entendimiento de lo que está manifestado, de solo la parte que ha sido creada, determinada, puntualizada, espaciada y temporalizada.
Porque ¿qué es la consciencia sino la suma de todo su propio contenido, todo lo que está envuelto en ella misma? ¿Qué es la capacidad de percepción del objeto más que el objeto en cuestión expresándose en sí mismo? ¿Qué es la mente sino todos los elementos que se manifiestan dentro de ella?
Porque no existe consciencia distinta de todo lo que ella misma se hace consciente. La consciencia es identica a la totalidad de lo que ella contiene dentro de sí.
Porque al final de la cadena, justo detrás del testigo, se encuentra Uno observándose a sí mismo a través de la figura del observador. Porque es el observador sólo otro elemento más de los que integran la expansión del cosmos en su totalidad. Porque es el testigo sólo otro de los tantos elementos cósmicos que forman la unicidad universal. Por lo que la totalidad de Uno no es algo distinto a la monada holística que compila a todos esos elementos cósmicos, tanto aquellos manifestados como esos otros inmanifestados, y que se bifurcan toda vez en la dualidad existente entre consciencia y experiencia, mente y presente, el observador y lo observado: aquello que es infinito y a la vez conocedor de sí mismo.
Porque no existe punto final en la historia en la que Dios se conoce a sí mismo, que es la misma historia a la que de decidido apodarle “mi vida".
Conclusiones
Sufro porque estoy condicionado. Condiciones que son apegos e identificaciones que “yo” mismo he creado a lo largo de “mi” historia. Me hace sufrir la insatisfacción de los deseos que me producen las identificaciones o apegos que emanan de mi religión, mi nacionalidad, mi profesión, mi género, mi lengua, mi ideología política, mi ideología económica, mi ideología gnoseológica, mi ideología ética, …, y mis condicionamientos de especie, por sólo citar algunas.
Detener el sufrimiento es detener el juego del entramado de mis identificaciones, que a groso modo significa mi personalidad o alma individual, que en sinónimo psicológico es referido como el “ego”, y en etimología cristiana es el “diablo”. Desvincularse de esa serie de apegos e identificaciones es liberar a la consciencia del teatro de la mente separada y separatista, así como de los hábitos que se formaron desde la lógica pura de dicha estructura, y esto significa para el ego no otra cosa que la misma muerte, pues al sacarle las características, propiedades y pertenencias con las que éste se define, queda justo nada de él.
Aprender a morir es la tarea de mayor dificultad que jamás existe. También es lo único propósito por el que he “nacido” en este mundo. Todo lo demás es distracción.

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